Sobre «Timo» y otros amores y desamores en la Comisión de la Verdad

Al examinar la hoja de vida y las ejecutorias de cada uno de los comisionados de la verdad, es difícil dejar de notar afinidades ideológicas y políticas, las cuales salen a flote en cada producto previo o actividad pública de la CEV. La imparcialidad no es precisamente un atributo del que puedan ufanarse algunos de ellos. Entonces, lo mío no es personal; ¡es de país!

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Por: José Obdulio Espejo Muñóz

El reciente espacio de escucha de Rodrigo Londoño Echeverri en la Comisión de Esclarecimiento de la Verdad (CEV) me retrotrajo a mis años mozos en la década de los ochenta. Como muchos jóvenes que abrían su corazón al primer amor, regalé esquelas y tarjetas de «Timo» −diminutivo de Timoteo− un personaje de caricatura, gordito y bonachón, que apareció en aquella época y fungió cual Cupido de quienes hacemos parte de la generación equis.

No había vuelto a escuchar a nadie pronunciar este apelativo hasta que la comisionada de la Verdad Lucía González lo hizo mientras interpelaba al otrora máximo cabecilla fariano, hoy regente del partido de los Comunes.

Había pasado una hora, 39 minutos y 54 segundos de la transmisión cuando González llamó cariñosamente «Timo» al ex-Farc, mientras, con voz pausada y tono de madre comprensiva y amorosa que reprende una pilatuna, le pidió que explicara la lógica que llevó al movimiento armado ilegal a «destruir tantos pueblos pobres en este país”.

Todo un despropósito en un acto oficial de la Comisión, entidad que, se supone, debe tejer el relato acerca de qué pasó en más de seis décadas de conflicto armado en Colombia, pero de manera objetiva, sin sesgos, para nada excluyente y lo más cercano posible a la verdad.

De ahí que este hecho −quizá anecdótico para algunos, pero perceptible para el ojo entrenado− pareciera que no motivó siquiera una reflexión en el seno de la Comisión, pues el carácter parcial de la funcionaria salió a flote nuevamente durante el espacio de escucha con Álvaro Uribe Vélez.

En esta oportunidad, el tono de González se asemejaba al de un coordinador de disciplina en un internado de varones a comienzos del siglo XX.

«Por sus tuits los conoceréis», podría ser el diálogo asignado a un personaje no jugador (NPC) en un videojuego de última generación, o la versión posmoderna de esta frase de Cristo contenida en el evangelio de San Lucas (Lc. 6.43-44).

La comisionada González jamás ha ocultado el hecho de ser pro-Farc, como se constata en un trino suyo del primero de septiembre de 2017: “Yo hoy estoy de fiesta porque las Farc (imagen de una rosa roja) @FARC_EPueblo constituyeron su partido político. No sólo respeto, comparto sus principios. Buen camino”, escribió.

Pero hay otros trinos que comprometen su carácter objetivo y neutral como comisionada de la verdad. Como lo desveló Semana en uno de sus confidenciales, González envió un mensaje de solidaridad a Jesús Santrich cuando este estuvo convaleciente tras una huelga de hambre. “Salud Jesús Santrich! Necesitamos tu sabiduría y tu alegría”, escribió por aquel entonces.

Padre de Roux, alguna vez, al referirse a una de mis columnas de opinión sobre el rol de la Comisión de la Verdad CEV, usted me escribió por WhatsApp que su contenido es ad hominem.

Ahora le pregunto: ¿puede usted excusar el comportamiento impropio de la comisionada González, quien ahora tiene el carácter de servidora pública? ¿Cómo pretende usted que algunos colombianos no hablemos de sesgo en la Comisión con estos episodios? ¿Por qué usted no se pronunció con vehemencia en este caso como sí lo hizo cuando el comisionado Ospina intentó realizar un ejercicio de escucha con el coronel retirado Plubio Hernán Mejía, indiciado en la Justicia Especial para la Paz en el macrocaso 03? ¿Dónde quedan las víctimas y su derecho a la verdad?

Al examinar la hoja de vida y las ejecutorias de cada uno de los comisionados de la verdad, es difícil dejar de notar afinidades ideológicas y políticas, las cuales salen a flote en cada producto previo o actividad pública de la Comisión de la Verdad CEV. La imparcialidad no es precisamente un atributo del que puedan ufanarse algunos de ellos. Entonces, lo mío no es personal; ¡es de país!

 

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