
¿Cuánto vale la vida?
Una película de la plataforma de televisión por streaming Netflix me puso a pensar sobre el valor de la vida en Colombia.
Por: José Obdulio Espejo Muñoz
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Una película de la plataforma de televisión por streaming Netflix me puso a pensar sobre el valor de la vida en Colombia. Este filme estadounidense recrea las vicisitudes de Kenneth Feinberg y su prestigioso bufete de abogados, quien −a través de un caso pro-bono− fuera el perito y administrador del fondo de compensación para los sobrevivientes de las víctimas fatales del 11 de septiembre de 2001 (11S).
La trama de esta cinta intitulada en español tal cual la pregunta que sirve de título a este escrito −estelarizada por Michael Keaton y Stanley Tucci− profundiza en el valor monetario que se dio a las vidas que se perdieron en los atentados a las Torres Gemelas y al Pentágono y en aquellos aspectos sustanciales de los seres humanos que jamás serán cuantificables.
Una verdadera encrucijada en un país como Colombia, que, en un bucle de tiempo, replica sus propios 11S. En la vivencia del posacuerdo del Gobierno con las Farc, pero no de la paz que muchos pregonan, el país está en saldo en rojo con las víctimas que deja, ha dejado y seguirá dejando nuestro largo conflicto armado interno. Crudo decirlo así, si bien desde muchos sectores se asegura a rajatabla que las víctimas son el eje central del Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición, Sivjrnr.
Un tribunal de justicia politizado, una comisión de la verdad politizada y una unidad para buscar a las personas desaparecidas igualmente politizada, jamás dejarán de ver a las víctimas como simples números en una hoja de cálculo y peones en un tablero de ajedrez.
El mejor ejemplo de esta verdad de Perogrullo es la cifra de 6.204 víctimas de los homicidios en persona protegida o mal llamados «falsos positivos» que sacó a la luz la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), pero que no ha sido capaz de respaldar con suficiencia so pretexto de reserva sumarial.
Si a las víctimas del conflicto armado en Colombia no se les clasificara según su bagaje ideológico y político, seguramente Eduardo Cifuentes, presidente de la JEP, y Francisco De Roux, regente de la Comisión de Esclarecimiento de la Verdad (CEV), ya se habrían pronunciado con vehemencia por el asesinato de un subteniente del Ejército en zona rural de Sevilla, Valle, a manos de las disidencias farianas. Así lo han estilado en otros casos donde tristemente uniformados han actuado en calidad de victimarios o determinadores de graves violaciones a los derechos humanos, graves crímenes de guerra y delitos de lesa humanidad.
Es un hecho que en el país del sagrado corazón de Jesús no se valúa a las víctimas con el mismo fiel de la balanza. Depende de la orilla de donde provengan para pedir justicia a grito herido. ¿Cuánto vale la vida del subteniente Cristian Calderón, del mayor Mauricio Grueso Monterrosa o del patrullero Wílber Alexander Silva Goez, los dos últimos integrantes de la Policía asesinados en Antioquia? Con certeza, nada para los componentes más importantes del engranaje transicional.
¿Cuánto vale la vida de otros tantos uniformados de las Fuerzas Militares y de la Policía Nacional inmolados en este interminable conflicto armado interno? ¿Acaso ellos no eran seres humanos como Diego Becerra, Dilan Cruz, Dimar Torres Arévalo, Nicolás Neira y Javier Ordóñez? ¿Por qué la vida de zutano vale más que la de mengano y perencejo, en especial si portaban uniforme? Muchos aseguran que la muerte es gaje de su oficio y que al fin y al cabo sus familias son indemnizadas con el vil parné; comentarios viles que, incluso, provienen de quienes pregonan paz, reconciliación y resiliencia a los cuatro vientos.
Señores, cada una de las víctimas de esta guerra fratricida −campesinos, obreros, defensores de derechos humanos, desmovilizados, líderes y lideresas sociales, maestros, indígenas, afrocolombianos, periodistas, policías y soldados, entre otros− tenían sueños, metas y proyectos para darle sentido a sus vidas y para mejorar su existencia y la de los suyos. Aspectos subyacentes del ser humano que ninguna suma de dinero puede pagar.
A la sazón, en la Colombia del día a día, ¿cuánto vale la vida? Poco, diría la masa. Entendamos, entonces, que no existe suma de dinero suficiente ni ejercicio reparador que compense su pérdida cuando en el conjunto de la sociedad colombiana no se valora en su diversidad, riqueza y complejidad.



