Sin gasolina y sin imperio: el principio del fin de la Rusia de Putin

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Por Javier Mozzo Peña

Habitantes de Moscú y otras regiones de Rusia declararon el mes pasado al corresponsal en ese país de The Wall Street Journal, Yaroslav Trofimov, algo que les era impensable hasta no hace mucho tiempo: tienen que hacer cola para comprar gasolina.

Rusia, una nación con vastas reservas de petróleo y un histórico productor de refinados, está frente a una grave crisis de abastecimiento. Una ironía palpable: la situación está empujando al gigante euro asiático, por primera vez en mucho tiempo, a importar combustible desde India y otras naciones.

Las consecuencias de esa situación pueden ir más allá de las simples molestias por no encontrar gasolina. Amenaza con ser la leña que alimente el fuego iniciado por viejos problemas identificados por analistas e historiadores, que pueden llevar al país más extenso del mundo a una posible “balcanización”.

Veamos: el Kremlin tiene prohibidas las exportaciones de gasolina y combustible para aviones, algo que también está siendo considerado para las ventas de diésel.

En el mercado interno, sus refinerías ya producen gasolinas de muy baja calidad, hay racionamientos y, mientras que los precios suben, las navieras, aerolíneas y taxistas tienen que ir más lejos para conseguir el combustible.

Todo esto es el resultado directo de la exitosa campaña ucraniana de ataques con drones contra la infraestructura energética rusa, algo en lo que el país invadido ha demostrado ser bastante exitoso desde poco después de iniciado el ataque ruso.

Según el Instituto para el Estudio de la Guerra, 78 de las 83 federaciones en que se divide Rusia han experimentado escasez de combustible. 48 de ellas impusieron límites a la compra de gasolina y diésel, incluyendo las provincias ucranianas ocupadas de Luhansk, Donetsk, Zaporizhia y Kherson.

La innovación ucraniana en vehículos aéreos autónomos ha sido constante. Tanto, que la tecnología aplicada ya ha permitido superar ostensiblemente la línea del frente de batalla, desde el este de Ucrania y burlar las defensas antiaéreas enemigas. Lo que antes era una simple molestia que merecía unas cuantas líneas en los informes sobre la situación del país para Vladimir Putin, hoy se ha convertido en un dolor de cabeza.

El daño es innegable. El propio The Wall Street Journal estimó que, para el 20 de junio pasado, alrededor del 28 por ciento de la capacidad de refinación de Rusia estaba fuera de servicio. La cifra se basó en estimaciones de Sergey Vakulenko, un antiguo jefe de estrategia de la gigante petrolera rusa Gazprom Neft y ahora miembro principal del Centro Carnegie Rusia-Eurasia en Berlín.

El lunes, drones modificados ucranianos alcanzaron y atacaron la refinería de Omsk en Siberia, a más de 2.500 kilómetros de la frontera, muy por detrás de los montes Urales, que otrora eran considerados la muralla natural de Rusia.

Es una tormenta perfecta. Mientras naciones de Occidente bloquean la exportación de crudo sin procesar de Rusia y Ucrania ataca a la flota rusa de naves “fantasma”, el gigante euro-asiático sufre las secuelas de destinar casi toda su maquinaria productiva al esfuerzo de guerra.

Además del ahogo económico -a Rusia le han congelado decenas de miles de millones de dólares en activos en Estados Unidos y Europa- estimaciones de inteligencia británica y estadounidense sugieren que cerca de un millón de hombres jóvenes lanzados a la “picadora de carne” en que se ha convertido Ucrania, han muerto o han quedado con condición de discapacidad.

Para intentar reposicionar sus defensas y repeler los enjambres de drones ucranianos, Moscú choca contra un muro: no hay dinero suficiente, ni mano de obra joven y capacitada para fabricar interceptores, radares y defensas confiables.

“La crisis está ya tan extendida, que sería peligroso para Putin no abordarla”, declaró al The Wall Street Journal, Janis Kluge, economista del Instituto Alemán de Estudios Internacionales y de Seguridad.

El declive es ineludible. Para Kluge, problemas con los que ya venía lidiando Putin como la falta de crecimiento económico, la corrupción endémica y las profundas desigualdades de Moscú con las provincias, están alentando una fractura territorial, algo de lo que ya se hablaba incluso antes de la invasión de 2022.

A partir de la asfixia política y económica de Occidente, analistas del blog “Good Fellows” consideran que se estaría cocinando una “tercera caída” del imperio ruso, siguiendo las huellas del colapso del imperio zarista en 1917 y la desintegración de la Unión Soviética en 1991.

Se trata de una visión de largo plazo que comparten académicos. Antes de morir el año pasado, el politólogo estadounidense de origen polaco, Janusz Bugajski, argumentó en su libro “Estado fallido: una guía para la ruptura de Rusia”, que la invasión a Ucrania aceleró un destino que ya era ineludible.

El destacado historiador ucraniano-estadounidense y profesor en la Universidad de Harvard, Serhii Plokhy, indicó hace unos años que las convulsiones actuales que sufre Rusia tienen su origen en la desintegración de la Unión Soviética en 1991.

En un artículo para New Eastern Europe, el académico consideró que la guerra en Ucrania es tan solo el intento desesperado y fatal de un imperio en decadencia, por retener su periferia antes de desmoronarse definitivamente.

La escasez de combustible solo viene a tensar aún más el muy delgado hilo que une a Moscú con las demás regiones del país, según Andreas Umland, un politólogo y analista alemán del Centro de Estudios de Europa del Este en Estocolmo.

“El régimen de Putin está jugando con fuego al tensar las relaciones entre el centro y las regiones periféricas del país. A medida que la guerra se prolonga, la economía sufre y las posibilidades de un colapso estatal, no solo un cambio de régimen, aumentan considerablemente”, expresó Umland, en un artículo para UKRInform.

Administrar un coloso de 17 millones de kilómetros cuadrados desde un escritorio en Moscú siempre fue un desafío titánico, pero bajo el asfixiante peso de la guerra y la escasez, amenaza con romper la cohesión territorial de la que ha gozado desde el Mar Báltico hasta el Océano Pacífico.

Precisamente, esa extrema centralización que durante siglos funcionó como ancla del poder zarista y soviético es hoy su principal talón de Aquiles.

Rusia, asentado sobre algunas de las mayores reservas de petróleo del mundo y con incapacidad para llenar el tanque de gasolina, podría ser un triste epitafio del imperio en el que Putin ha querido convertirlo en el siglo XXI.

@javimozzo

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Periodista | Libreta de Apuntes

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