Por: Ricardo Galán
Colombia amaneció este lunes con un nuevo presidente electo.
Abelardo de la Espriella ganó la segunda vuelta presidencial y se convertirá en el próximo jefe de Estado tras derrotar a Iván Cepeda en una de las elecciones más competidas de la historia reciente del país.
Pero más allá del resultado, el verdadero dato político está en otro lugar: la democracia colombiana movilizó a más de 26 millones de ciudadanos y alcanzó una participación cercana al 64 %, una de las más altas registradas en una elección presidencial con voto voluntario.
Ese dato importa.
Importa porque confirma que los colombianos entendieron que estaban tomando una decisión trascendental para el futuro del país y decidieron expresarse masivamente en las urnas.
La primera victoria
La primera victoria de la jornada no fue de Abelardo de la Espriella ni de Iván Cepeda.
Fue de la participación ciudadana.
Casi cuatro millones de colombianos más votaron en la segunda vuelta frente a la primera. Una cifra extraordinaria que refleja el nivel de interés, preocupación y expectativa que generó esta elección.
Los dos candidatos crecieron.
Los dos movilizaron nuevos electores.
Los dos lograron ampliar sus bases.
Y eso explica por qué la diferencia final fue relativamente estrecha en términos porcentuales, aunque significativa en votos absolutos.
Las 33.000 mesas “no impugnadas”
Uno de los temas más comentados durante la noche electoral fue el anuncio de una supuesta impugnación masiva de 33.000 mesas.
El experto electoral Alfonso Portela fue categórico: ese escenario no tiene sustento jurídico ni operativo.
Portela explicó paso a paso cómo funciona el escrutinio colombiano y recordó algo que suele olvidarse en medio de la polarización: los votos se cuentan en papel, los documentos quedan físicamente custodiados y las reclamaciones tienen momentos específicos para presentarse.
La conclusión fue clara:
No existe hoy ninguna evidencia de un fraude masivo ni de un mecanismo que pueda alterar sustancialmente el resultado conocido el domingo.
En otras palabras
¿Quién ganó realmente?
La respuesta sencilla es Abelardo de la Espriella.
La respuesta compleja es que ganó una coalición mucho más amplia que la que apareció en la primera vuelta.
El presidente electo mejoró su desempeño en regiones donde inicialmente parecía débil, avanzó en Bogotá, redujo diferencias en la Costa Caribe y consolidó una votación muy fuerte en el centro del país.
Pero también hay una lectura importante sobre los casi 12,8 millones de votos obtenidos por Iván Cepeda.
Esa votación demuestra que el petrismo sigue siendo una fuerza política de enorme tamaño.
Perdió la elección.
Pero no desapareció.
Y eso obliga al nuevo gobierno a gobernar entendiendo que el país sigue profundamente dividido en dos grandes corrientes políticas.
Los discursos
La segunda señal importante llegó en los discursos.
Iván Cepeda adoptó un tono institucional y reconoció el resultado dentro del marco democrático, aunque con reservas y condiciones.
Abelardo de la Espriella sorprendió a muchos con un mensaje muy distinto al lenguaje combativo que caracterizó buena parte de su campaña.
Habló de unidad.
Habló de reconciliación.
Habló de gobernar también para quienes no votaron por él.
La parte difícil será convertir esas palabras en hechos.
Lo que sigue
La campaña terminó.
Empieza el examen.
Los colombianos comenzarán a mirar con atención tres señales fundamentales:
- La conformación del gabinete.
- El manejo de la economía y las finanzas públicas.
- La estrategia para recuperar la seguridad.
También habrá una pregunta inevitable:
¿Qué papel jugará Gustavo Petro después de entregar el poder?
Porque mientras Abelardo de la Espriella se prepara para gobernar, la izquierda tendrá que definir quién ejercerá realmente la oposición y si ese liderazgo estará en manos de Iván Cepeda o seguirá concentrado alrededor del actual presidente.
El desafío
La elección terminó.
La polarización no.
Por eso el reto del presidente electo será mucho más complejo que ganar una campaña.
Tendrá que demostrar que puede gobernar un país donde prácticamente la mitad de los votantes escogió un camino diferente.
Y la oposición tendrá que demostrar que puede ejercer control político sin alimentar la incertidumbre sobre las reglas democráticas.
Colombia habló.
Y habló fuerte.
Más de 26 millones de voces dejaron claro que, pese a todos los problemas, siguen creyendo que el voto es el mecanismo para decidir el rumbo del país.
Ese, quizás, es el mensaje más importante que dejó la elección de 2026.
