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El presidente electo prometió gobernar para todos los colombianos, defender la Constitución y recuperar la seguridad. Pero su discurso de victoria también dejó ver que la confrontación con el petrismo seguirá siendo uno de los ejes centrales de la política colombiana en los próximos años.

El primer discurso de Abelardo de la Espriella como presidente electo tuvo dos almas: la del jefe de Estado que llama a la unidad nacional y la del líder político que llegó al poder prometiendo restaurar el orden con mano firme.

Esa fue la tensión principal de su intervención en Barranquilla: reconciliación hacia los ciudadanos, autoridad frente al crimen y confrontación directa con el petrismo.

De la Espriella intentó marcar un punto de quiebre con la campaña. Dijo que terminaban las consignas, las divisiones y los enfrentamientos políticos, y que comenzaba “la hora suprema de servicio a la patria”. También prometió gobernar para quienes votaron por él y para quienes escogieron otro candidato.

Ese fue el tono presidencial del discurso.

El presidente electo buscó tranquilizar a los sectores que no lo acompañaron en las urnas. A ellos les dijo que sus derechos serán respetados, sus opiniones escuchadas y que jamás deberán temer por pensar distinto.

Pero, al mismo tiempo, De la Espriella dejó claro que su gobierno no será de neutralidad frente al desorden. Su promesa central fue recuperar la autoridad del Estado en todo el territorio nacional. No habrá, dijo, zonas vedadas para el Estado ni criminales intocables.

Ahí aparece el segundo eje del discurso: autoridad.

El mensaje a narcotraficantes, terroristas, secuestradores, extorsionistas y corruptos fue directo: “Colombia vuelve a tener gobierno y Estado”.

En esa frase está resumida buena parte del mandato político que De la Espriella cree haber recibido en las urnas: restablecer el orden, respaldar a la Fuerza Pública y reconstruir la confianza en las instituciones.

Sin embargo, el discurso también mostró una dificultad que acompañará su gobierno desde el primer día: cómo reconciliar al país sin abandonar el lenguaje de confrontación que lo llevó a la Presidencia.

Aunque ofreció garantías para la oposición, también lanzó advertencias duras al presidente Gustavo Petro y al senador electo Iván Cepeda. Les pidió respetar el resultado electoral, evitar una “tercera vuelta en las calles” y abstenerse de promover la violencia.

Ese será su principal desafío político.

De la Espriella quiere ser leído como el presidente de la reconciliación, pero también como el presidente de la autoridad. Quiere abrir la puerta a quienes no votaron por él, pero al mismo tiempo mantener movilizada a la base que lo eligió para enfrentar al petrismo.

Su discurso, por eso, no fue de moderación plena ni de ruptura total. Fue una mezcla calculada de apertura institucional y firmeza política.

La defensa de la Constitución de 1991 ocupó un lugar central. El presidente electo juró proteger el Estado de derecho y respetar la independencia del Congreso, las altas cortes, alcaldes y gobernadores.

Ese mensaje buscó proyectar confianza.

Pero la promesa de seguridad buscó proyectar poder.

En el fondo, De la Espriella habló a dos audiencias distintas: a quienes temen una revancha política y a quienes esperan un gobierno fuerte; a quienes quieren estabilidad institucional y a quienes votaron por un cambio drástico en el manejo del orden público.

El éxito de su gobierno dependerá de si logra equilibrar esos dos mandatos.

Si se queda solo en la confrontación, puede profundizar la división nacional. Si se queda solo en el llamado a la unidad, puede decepcionar a quienes lo eligieron para restaurar la autoridad.

Por ahora, su discurso deja una conclusión clara: Abelardo de la Espriella llega al poder con una promesa doble. Reconciliar a los colombianos, pero gobernar con firmeza. Tender puentes, pero recuperar el control del Estado. Convocar a todos, pero enfrentar sin ambigüedades al crimen y al petrismo.

La campaña terminó

Ahora comienza la prueba más difícil: demostrar que la autoridad puede convivir con la reconciliación.

Escuche aquí el discurso completo 

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