Por: Por Fernando Salgado *
Cuando las convicciones se vuelven maleables y el discurso del pasado se borra con el codo del presente, la política deja de ser ciencia social y se convierte en un mercado de abastos.
En el proceloso mar de la vida pública contemporánea, la coherencia ha dejado de ser la brújula de los líderes para convertirse en una mercancía de ocasión, un lastre del que muchos se desprenden apenas vislumbra la posibilidad del acomodo.
Asistimos hoy a un espectáculo desgarrador donde la doctrina y la ideología, pilares sempiternos de una democracia madura, son suplantadas por la estridencia de la propaganda y los cantos de sirena del populismo más ramplón.
Resulta imperativo trazar una línea divisoria, un muro de contención conceptual, entre la noble arquitectura del servicio público, aquella que busca con filantropía el bienestar general y la politiquería cortesana, caracterizada por un transformismo camaleónico que insulta la inteligencia del electorado.
El reciente y notorio alineamiento de figuras de la moderación aparente, como la exalcaldesa de Bogotá Claudia López, hacia las huestes del extremo ideológico que ayer nomás fustigaba con vehemencia, no es un acto de evolución política ni un ejercicio de resiliencia frente a la adversidad; es, por el contrario, la consumación de una pirueta oportunista, un salto mortal hacia el vacío ético donde los principios se subordinan a la urgencia de mantener la vigencia en el escenario del poder.
Como bien lo advertía ese gran orador y estadista liberal Jorge Eliécer Gaitán, «el pueblo es superior a sus dirigentes», una máxima que hoy cobra una vigencia estruendosa cuando la ciudadanía observa con estupor cómo aquellos que prometían defender las instituciones terminan rindiéndoles pleitesía a los dogmas que juraron combatir.
Esta querencia por el aplauso fácil y el cobijo bajo el ala del caudillo de turno revela una alarmante ausencia de convicciones arraigadas, reduciendo el debate programático a un teatro de lo efímero, donde las alianzas duran lo que un arrebol en el firmamento bogotano.
Quienes justifican estos bandazos bajo el eufemismo del realismo político olvidan que la salud de una república y en particular de nuestro país en los actuales momentos, depende de la alternancia legítima y del respeto a una herencia de ideas claras, no del canje de favores ni de la abdicación ideológica ante proyectos mesiánicos. Intentar revestir de dignidad jurídica lo que en el fondo es un burdo acomodo electoral es un agravio a la memoria histórica del país, pues la democracia no puede ser un escenario etéreo donde las palabras pierdan su significado.
Es precisamente ante esta claudicación de las élites que emerge en la ciudadanía el concepto profundo del voto útil, despojado de su acepción simplemente aritmética para convertirse en un imperativo categórico frente a un evidente conflicto ético; un voto que opta, sin vacilaciones, por la opción que brinda las mayores garantías a la institucionalidad, al respeto sagrado por la independencia de los poderes públicos y a la supremacía de la Constitución y la ley.
Si en algo nos identificamos hoy los colombianos, más allá de los matices partidistas, es en el celo republicano por nuestra Carta Política y en el castigo inapelable a quienes pretenden acomodarla a la medida de sus ambiciones personales. El ciudadano de hoy exige una política sin la espada de Damocles de la amenaza populista, que no pretenda subvertir el orden público ni incendiar las calles ante la eventualidad de una derrota en las urnas.
Asimismo, este clamor por la legalidad exige erradicar con mano firme y determinación científica a aquellas bandas criminales que, enriquecidas por el narcotráfico y la minería ilegal, han mutado de forma macabra en auténticos directorios políticos coercitivos, pretendiendo forzar la voluntad de un pueblo hastiado ya de ese contubernio infame entre el crimen y el poder local. Ojalá las nuevas generaciones de dirigentes comprendan que el poder sin doctrina es un ejercicio estéril y que la verdadera estatura de un hombre de Estado no se mide por su capacidad de sumarse a la corriente ganadora, sino por mantener la ataraxia y la firmeza moral cuando los vientos de la demagogia soplan con fuerza.
En conclusión, frente a la tiranía de la politiquería utilitarista que hoy pretende imponerse a través de la saturación mediática, la sociedad civil debe erigirse en un tribunal severo que castigue con el olvido a quienes pretendieron engañarla; solo así, rescatando el valor inmarcesible de la palabra empeñada y exigiendo un rigor técnico, científico y ético en la alta dirección del Estado, podremos asegurar que la política vuelva a ser el arte superior de guiar los destinos de la nación, garantizando una paz fundada en la ley y no el refugio inefable de las ambiciones personales.
Mañana, ante las urnas, la historia nos convoca a un acto de profunda responsabilidad patriótica, es la hora de ejercer un voto consciente y valeroso, pensando en el porvenir de un país auténticamente democrático, donde se gobierne con la mirada puesta en una verdadera justicia social, despojada de revanchismos, y con la certeza absoluta de que urge recuperar la senda del crecimiento económico, la estabilidad institucional y el respeto por las libertades.
Nos corresponde a todos, con la fuerza pacífica del sufragio, devolverle el rumbo a la República y legar a las próximas generaciones ese país maravilloso que merecemos.
*Fernando Salgado Quintero MD MSc.
Médico Especialista en Medicina Trópical
Especialista en Alta Dirección del Estado