Comparte:

Por Javier Mozzo Peña

Cuenta el diario El País de España que el próximo 25 de junio el Rey Felipe VI se reunirá con la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, en el Palacio Nacional de Ciudad de México. El monarca aprovechará su asistencia al partido que jugarán España y Uruguay en Guadalajara un día después, en desarrollo del Campeonato Mundial de Fútbol.

Algunos verán en esta cumbre el eterno reflejo del conquistador y el conquistado. Otros, la revalidación del encuentro de dos mundos hace más de 500 años.

Lo cierto es que los lazos de ambas naciones nunca han sido puramente diplomáticos: las hermana una historia compartida, el uso de símbolos y la construcción de una identidad nacional, que ha trascendido a toda Hispanoamérica.

Lo más inmediato para los dos países es que se ponga fin al distanciamiento. Felipe VI fue excluido de los actos de investidura de Sheinbaum, lo que, por consiguiente, provocó la ausencia de toda delegación española.

La cita ha estado precedida de no pocos reproches, emitidos del lado mexicano, que han distanciado a ambas naciones.

A la actual situación se llegó luego de la insistente solicitud que los gobiernos de izquierda de Andrés Manuel López Obrador y de la propia Sheinbaum para que España reitere disculpas ya hechas en el pasado, por lo sucedido luego de la llegada de los exploradores y aventureros desde lo que hoy es España, a comienzos del siglo XVI.

Políticamente, el relato de la historia se ha usado como una herramienta de cohesión interna y México no es la excepción. Para Sheinbaum, mantener una postura crítica frente a los abusos del periodo colonial, ha servido para reafirmar las banderas de la justicia y del indigenismo, lo que espera que, a la larga, la gente lo agradezca en las urnas con la elección de alguien que extienda su legado.

Por el lado español, su reciente historiografía no ha hecho más que reivindicar, y con razón, el legado de la globalización hispánica, la primera en el mundo, sobre el eje Sevilla-Veracruz-Acapulco-Manila.

Las declaraciones el pasado marzo de Felipe VI admitiendo que hubo muchos abusos en la conquista, sumadas al reconocimiento del ministro de Relaciones Exteriores, Manuel Albares sobre el dolor y la injusticia infligidos contra los pueblos originarios en Mesoamérica, abrieron la puerta al esperado encuentro.

Superado el muro de la disculpa, caería muy bien un proyecto que dignifique la memoria histórica de ambas naciones y, sobre él, una relación mucho más fluida y rica de lo que ha sido hasta hoy.

Veamos qué hay sobre la mesa: por el lado de España, los expertos anticipan que su principal objetivo es la estabilidad corporativa y la normalización de las relaciones.

Al despejar las tensiones retóricas, se limpia el camino para un ansioso empresariado español, que quiere acrecentar su ya enorme stock de inversiones en México, solo superado por Estados Unidos. Asegurar un entorno normal y predecible y la reactivación de una comisión binacional, mecanismo dormido que coordina acuerdos políticos y jurídicos, sería de mucho interés para el monarca.

En la otra orilla, Sheinbaum podría vender la cita como un triunfo de su política exterior, en medio de las duras críticas por los problemas internos con los que ha tenido que lidiar.

La violencia de los carteles de los estupefacientes, las tensas relaciones con Estados Unidos y el poco avance de su agenda programática, le han pasado factura a su popularidad.

La cumbre le permitiría a la mandataria cerrar un frente de fricción que ha polarizado a historiadores, a quienes les ha caído de muy mala manera el hecho de que, de cuando en vez y con claras intenciones políticas, se revivan y se eche sal a las heridas abiertas prácticamente desde que México existe, a partir de 1821.

Ahora bien, el contexto geopolítico que afrontan es desafiante y tiene un nombre común: Donald Trump. Ahí radica la principal fortaleza de una alianza renovada México-España.

Con la vulnerabilidad actual de Europa, marcada por el rezago tecnológico, el riesgo de aislamiento logístico frente a Asia y la presión del presidente estadounidense sobre la seguridad continental, México serviría como un ancla estratégica que beneficiaría mucho a España.

De la misma manera, con las amenazas de Trump a México de más aranceles, un combate al narcotráfico “en caliente” y la apertura a empresas norteamericanas en detrimento de las chinas, España puede convertirse en un elemento diversificador del aparato productivo.

El mensaje que debe surgir del Palacio Nacional el 25 de junio es de una pluralización de la dependencia mutua de México y España.

Para México, blindar su alianza con España abre una puerta institucional y segura hacia la Unión Europea. Para España, estrechar lazos y encontrar nuevos matices y oportunidades con su socio hispanoamericano es una fortaleza frente a un tablero global hostil e impredecible.

El encuentro en el Palacio Nacional debe trascender la anécdota, el protocolo y la foto de rigor.

En un mundo que se fragmenta a golpe de aranceles y nacionalismos, México y España ya no tienen tiempo ni margen para litigar por los fantasmas de los 300 años que duró la Nueva España. Su estabilidad económica y su peso en el tablero global dependen, de manera irremediable, de saber jugar en el mismo equipo durante el siglo XXI.

Dejar pasar esta oportunidad no sería un simple traspié diplomático. Sería una miopía histórica que ninguna de las dos naciones se puede permitir.

@javimozzo

Comparte:

Deja una respuesta