Hay semanas que pasan sin dejar huella y hay otras que marcan un punto de inflexión. La que acaba de terminar pertenece a esta última categoría.
Cinco días después de la segunda vuelta presidencial, Colombia dejó atrás la incertidumbre electoral para entrar en una etapa completamente distinta: la transición entre un gobierno que se despide envuelto en controversias y otro que apenas comienza a mostrar las primeras señales de cómo ejercerá el poder.
La conversación de esta semana con Nelson Parra giró alrededor de una pregunta que miles de colombianos parecen hacerse desde el domingo: ¿de qué sentimos que nos salvamos?
No es una pregunta menor. Tampoco tiene una respuesta única.
Para muchos ciudadanos, el alivio proviene de haber evitado la continuidad de un modelo de gobierno que, durante cuatro años, acumuló confrontaciones con las instituciones, deterioró la seguridad, agravó el desequilibrio fiscal y dejó profundas dudas sobre la estrategia de negociación con los grupos armados ilegales.
Las revelaciones conocidas durante los últimos días sobre la política de «Paz Total», sumadas a los testimonios de antiguos funcionarios del Gobierno, terminaron alimentando esa percepción de que el país caminaba hacia un escenario cada vez más riesgoso.
Pero sería un error creer que la elección resolvió automáticamente esos problemas.
En realidad, lo ocurrido esta semana marca el comienzo de una etapa mucho más exigente.
El presidente electo Abelardo de la Espriella ha enviado algunos mensajes que buscan diferenciarse del gobierno saliente. La visita a las altas cortes, el tono de su discurso después de recibir las credenciales y los primeros anuncios del gabinete apuntan a un estilo menos confrontacional y más orientado a reconstruir la relación con las instituciones.
Es una señal política importante.
Sin embargo, las señales deberán convertirse rápidamente en resultados.
El nuevo gobierno recibirá un Estado con enormes presiones fiscales, problemas crecientes de seguridad, reformas inconclusas y una ciudadanía que llega con expectativas muy altas después de una campaña profundamente polarizada.
Paradójicamente, el mayor reto de De la Espriella será administrar el optimismo de quienes hoy celebran su victoria.
Las campañas viven de las emociones.
Los gobiernos sobreviven gracias a las decisiones.
Otro elemento que deja esta semana es el papel que terminaron desempeñando las instituciones. El Congreso, el Consejo de Estado, la Registraduría y el Consejo Nacional Electoral fueron protagonistas silenciosos de un proceso que terminó validando el resultado electoral y permitió una transición sin ruptura institucional.
En tiempos de polarización, vale la pena recordarlo: las democracias no dependen únicamente de quienes ganan las elecciones, sino también de la fortaleza de las instituciones que garantizan que esas elecciones sean respetadas.
Finalmente, queda una lección para la izquierda colombiana.
Más allá de la derrota electoral, el gobierno de Gustavo Petro deja abierta una discusión sobre el futuro de ese sector político. Recuperar credibilidad después de cuatro años marcados por la confrontación permanente será probablemente uno de sus mayores desafíos.
La política colombiana entró esta semana en una nueva etapa.
El país pasó del miedo a la expectativa.
Ahora comienza lo más difícil: comprobar si el cambio prometido logra traducirse en un mejor gobierno.
Porque las elecciones terminan en las urnas.
La verdadera prueba comienza al día siguiente.