
El ajedrez de las sombras
“En la política, lo que parece es lo que es, y lo que no se ve es lo que importa”, Giulio Andreotti
La política de las formas suele ser el refugio predilecto cuando el fondo de las instituciones amenaza con resquebrajarse. En los momentos de máxima tensión sistémica, el ruido retórico no surge por generación espontánea; responde a una partitura meticulosamente ensayada para alterar el foco de la atención pública.
Asistimos hoy en Colombia a un fenómeno de esta naturaleza, donde la estridencia de las consignas extrainstitucionales busca imponerse sobre la gravedad de los hechos judiciales y la seguridad nacional.
La convocatoria a una desobediencia civil por parte del senador Iván Cepeda no es, bajo ninguna lectura rigurosa, un simple acto de resistencia democrática, sino una calculada maniobra de distracción en el tablero del poder.
Al agitar las aguas de la confrontación pública, el legislador no solo intenta blindar el debate frente a las gravísimas revelaciones que vinculan a la Dirección Nacional de Inteligencia y a altos funcionarios del Estado con bandas criminales del crimen transnacional, la minería ilegal y el narcotráfico.
Detrás de ese llamado subyace una doble jugada de largo alcance: proteger al artífice de la purga en la Fuerza Pública y actual embajador a quien ya había anunciado como ficha clave y guardián de una pretendida cruzada anticorrupción en un eventual gobierno suyo, al tiempo que notifica a las bases y a la dirigencia de su partido quién ostenta ahora el verdadero control de la agenda pública.
Semejante movimiento táctico evidencia que, en este meticuloso ajedrez, la retórica de la desobediencia opera como la cortina de humo ideal.
Detrás de su fachada de rebeldía, no se busca subvertir el orden establecido, sino consolidar una sucesión anticipada, proteger las líneas de mando del proyecto político ante el escrutinio de la opinión pública y la justicia internacional, y dejar en claro, sin estridencias, pero con un peso incuestionable, que desde ya el jefe de la opinión y el verdadero estratega del poder en Colombia ya no es el que reside en el Palacio de Nariño.
Cuando el lenguaje de la crisis se instrumentaliza de esta manera, la madurez de la República se mide en su capacidad para no perder de vista lo esencial, la exigencia irrestricta de transparencia y la vigencia del Estado de derecho por encima de cualquier cálculo de poder.



