La sorprendente elasticidad de los principios en la política 

Hay un espectáculo que nunca decepciona: ver a los fanáticos escandalizarse cuando los políticos hacen política.

Comparte:
Por: Carlos Noriega

Hay un espectáculo que nunca decepciona: ver a los fanáticos escandalizarse cuando los políticos hacen política. Es una escena que se repite con la puntualidad de un inglés. Ayer juraban que el adversario era la encarnación de todos los males nacionales. Hoy aparecen compartiendo la misma fotografía, levantando la misma mano y celebrando la misma victoria. 

Entonces los fieles, esos creyentes de tiempo completo que llevan años insultando familiares, bloqueando amigos y desheredando conocidos por diferencias electorales, descubren con horror que el Apocalipsis prometido cabía perfectamente en una reunión de pasillo. Qué sorpresa. Como si la política hubiera sido alguna vez un convento.

Los discursos son de granito; las alianzas, de plastilina. Esa es la primera lección que la realidad intenta enseñar en cada legislatura y que el fanatismo se empeña en desaprender.

Durante meses nos venden cruzadas morales. No existen adversarios, sino demonios. No hay diferencias ideológicas, sino batallas entre el bien absoluto y el mal definitivo. Cada elección se anuncia como la última oportunidad para salvar la República, la democracia, el pueblo, la libertad, la justicia o cualquier otra palabra suficientemente solemne para justificar la siguiente pelea en redes sociales.

Después llega el momento decisivo. Y ocurre el milagro más antiguo de la política: los principios descubren una conveniente elasticidad.

Los mismos que ayer denunciaban pactos impuros explican hoy que la gobernabilidad exige madurez. Los que condenaban cualquier acercamiento lo rebautizan como «responsabilidad institucional». Los que llamaban traición a una alianza descubren, con admirable rapidez intelectual, que en realidad se trata de un ejercicio de diálogo democrático.

No cambiaron los hechos. Cambió su interpretación.

La gimnasia verbal es tan prodigiosa que debería ser disciplina olímpica. Un mismo acto puede llamarse dignidad o vergüenza dependiendo exclusivamente de quién lo protagonice. La coherencia dejó de ser una virtud para convertirse en un accesorio desechable, útil únicamente mientras produce aplausos.

Lo verdaderamente fascinante, sin embargo, no sucede en los recintos del poder. Sucede afuera. Allí donde miles de ciudadanos defienden dirigentes con una lealtad que esos jamás sentirán por ellos.

Mientras unos convierten las diferencias políticas en enemistades personales, quienes los inspiran intercambian votos, negocian apoyos, conversan en privado y entienden algo que sus seguidores parecen incapaces de comprender: la política no consiste en enamorarse de los discursos, sino en administrar intereses.

Eso no significa que todas las alianzas sean virtuosas ni que toda negociación sea legítima. Significa algo mucho más incómodo: la política no es una misa donde se canonizan santos ni se exorcizan demonios. Es un terreno donde las convicciones suelen viajar acompañadas por la aritmética. Y la aritmética casi siempre gana.

Hay algo profundamente triste en esa escena. No porque los dirigentes negocien. Para eso fueron elegidos. Negociar hace parte de la esencia de cualquier democracia representativa. Lo triste es descubrir ciudadanos que entregaron su serenidad, su capacidad crítica y, en algunos casos, hasta su dignidad, para defender una supuesta pureza ideológica que desaparece exactamente en el momento en que deja de ser útil.

Quizá el mayor triunfo de la política contemporánea no sea conquistar el poder; sea convencer al ciudadano de odiar por encargo, porque mientras los líderes estrechan manos cuando las matemáticas del poder lo exigen, sus seguidores continúan librando guerras imaginarias en nombre de una lealtad que jamás será correspondida.

La política no debería tomarse como un asunto personal, los principios sí. Y existe una diferencia inmensa entre ambas cosas. Los principios obligan a juzgar con la misma severidad a los propios y a los ajenos.

La política, en cambio, parece haber perfeccionado un viejo truco: convencer a millones de personas de que defiendan colores, mientras quienes reparten la pintura descubren, una y otra vez, que todos los tonos terminan mezclándose cuando el poder está sobre la mesa.

Al final, las barras bravas seguirán insultándose desde las tribunas.

Los jugadores, como siempre, cambiarán de camiseta cuando el contrato sea mejor.

Y todavía habrá quien confunda el estadio con la patria.

Comparte:
editorgeneral
editorgeneral

Periodista | Libreta de Apuntes

Artículos: 4752

Deja un comentario