Por Ricardo Galán
En el fútbol colombiano hay partidos que se pierden por fútbol. Y hay otros que se pierden por actitud y falta de concentración.
La derrota de Millonarios 2-1 ante Boyacá Chicó en Tunja parece pertenecer más a la segunda categoría.
Desde antes del pitazo inicial, el ambiente era extraño. El estadio La Independencia estaba prácticamente vestido de azul. No sólo por los hinchas que viajaron desde Bogotá, sino por los muchos aficionados de Boyacá que siguen a Millonarios. En la práctica, parecía un partido de local… jugando como visitante.
Pero el comienzo del encuentro se retrasó. Problemas de iluminación, humo de pólvora y polvo de extintores dejaron la cancha casi invisible durante varios minutos. Cuando finalmente el árbitro dio la orden de empezar, el partido arrancó con cerca de diez minutos de retraso.
Un dominio sin peligro
Los primeros quince minutos fueron de control azul. Millonarios tenía la pelota, manejaba el ritmo, pero sin profundidad ni peligro real sobre el arco del Chicó.
El primer aviso serio, de hecho, fue del equipo local. Un remate que obligó al arquero uruguayo De Amores a intervenir con seguridad.
Millonarios jugaba con tranquilidad excesiva.
Demasiada calma.
Como si el gol fuera cuestión de tiempo… y no de trabajo.
El primer golpe
En el minuto 22 llegó la advertencia: un remate del Chicó se estrelló contra el palo.
Tres minutos después llegó el castigo.
Minuto 25. Tiro de esquina para Boyacá Chicó.
Desatención general en la defensa azul.
Y Banguero aprovechó para marcar.
El gol dejó en evidencia una falla recurrente de Millonarios: las distracciones en jugadas a balón parado. Tres defensores centrales y ninguno reaccionó a tiempo.
De ahí en adelante el equipo quedó desconcertado.
Un equipo desconectado
El problema no era sólo el marcador. Era la sensación de desconexión.
- David Mackalister Silva no encontraba el ritmo del partido.
- Leonardo Castro jugaba ansioso, apresurado por marcar.
- Rodrigo Contreras, figura días antes en Copa, se veía impreciso y sin energía.
Cuando Mackalister no funciona, el equipo pierde el hilo. Y los delanteros dejan de recibir balones claros.
Millonarios empezó a discutir más que a jugar.
El segundo golpe antes del descanso
Cuando parecía que el primer tiempo terminaría 1-0, llegó otro error defensivo.
Minuto 45+5.
Contraataque del Chicó.
La defensa azul se durmió otra vez.
Molina marcó el segundo.
El descanso llegó con un marcador que reflejaba lo ocurrido en la cancha: Boyacá Chicó 2 – Millonarios 0.
La reacción incompleta
En el segundo tiempo Millonarios intentó reaccionar. Bustos movió el banco y terminó arriesgando con un esquema ultraofensivo: tres defensas y hasta cuatro delanteros en cancha.
El descuento llegó con un fuerte cabezazo de Andrés Llinas tras un tiro de esquina bien ejecutado.
El 2-1 parecía abrir una ventana para la remontada.
Pero entonces apareció otro factor del partido.
El arbitraje y la expulsión
El árbitro terminó convirtiéndose en protagonista.
En una discusión, expulsó a Mackalister Silva, capitán y cerebro del equipo.
La decisión fue polémica porque minutos antes un jugador del Chicó había hecho reclamos similares sin recibir sanción.
La expulsión condicionó el resto del encuentro. Millonarios quedó con diez hombres y con su líder fuera de la cancha.
Nervios, provocaciones y desorden
A partir de ese momento el partido se descompuso.
- Jugadores del Chicó buscando cortar el ritmo.
- Discusiones constantes.
- Reclamos al árbitro.
- Hinchas lanzando objetos desde la tribuna.
Millonarios cayó en la trampa emocional del partido.
Cuando este equipo se desconcentra, pierde su principal fortaleza: la claridad mental para jugar al fútbol.
Un equipo que se desespera
Con el paso de los minutos el equipo azul se volvió predecible.
Mucho toque, pocas decisiones.
Remates débiles o directamente inexistentes.
El arquero del Chicó terminó siendo el gran beneficiado de esa falta de precisión.
Los cambios tampoco funcionaron.
Ni Quintero ni los otros relevos lograron cambiar el ritmo del partido.
El reloj avanzó entre interrupciones, discusiones y pérdidas de tiempo.
Una derrota que deja lecciones
El partido terminó 2-1 para Boyacá Chicó.
Más allá del debate sobre el arbitraje, la derrota deja dos conclusiones claras.
Primero: Millonarios entró a la cancha con exceso de confianza.
En el fútbol profesional no existen rivales pequeños.
Segundo: el equipo sigue teniendo una debilidad mental que los rivales ya conocen.
Provocar, discutir, sacar del partido a los jugadores azules.
Cuando Millonarios está concentrado, es uno de los equipos más fuertes del torneo.
Pero cuando pierde la cabeza, se desarma solo.
Lo que viene
El calendario no da respiro.
El próximo partido será el martes contra Atlético Nacional en Bogotá, un duelo directo con alto contenido emocional y mediático. La rivalidad más fuerte de la Liga colombiana.
Después de la derrota en Tunja, Millonarios no sólo tendrá que recuperar puntos.
También tendrá que recuperar algo más importante:
la concentración.
Porque partidos como este demuestran que, muchas veces, el rival más peligroso de Millonarios es el propio Millonarios.
Nos vemos el martes.
Apunte Suelto: ¿Será coincidencia que el árbitro haya expulsado a Mackalister en vísperas del Partido con Nacional? Los mal pensados dirían que no.






Deja una respuesta
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.