Por: Andrés Felipe Castañeda.–
Y me pregunto: ¿Todavía queda, a estas alturas, alguien que no esté convencido de que esta guerra es una tragedia impracticable? ¿Todavía queda alguien a quien su conciencia le permita seguir sumando muertos a una lista de por sí infame? ¿Aún queda alguien que no crea, que no sepa, que hemos retrasado ya por mucho ese asunto de ser un país, de una buena vez por todas? Y es que ya, a estas alturas, se van agotando las frases y las súplicas y las diatribas y las oraciones. Y es que ya, a estas alturas, deberíamos saber que es suficiente, que ha sido suficiente durante demasiado tiempo. A estas alturas ya deberíamos estar hartos. Pero, ¿Queda alguien que no esté harto de los mismos titulares, de las mismas tribulaciones?
Yo quería escribir una columna diferente: quería escribir, por ejemplo, que la trascendencia política de lo que pasó hace unas semanas en La Habana -cuando las Farc presentaron eso que llamaron el “comando guerrillero de transición”- no tenía precedentes, que, ese mínimo acto de contrición, aunque mínimo, de decir que las Farc han causado víctimas, tenía la gran significancia de abrirle la puerta a una verdad que nadie ha querido contarnos, que, por fin teníamos derecho a la esperanza.
Pero parece que no hemos entendido que la guerra -nuestra guerra- es más que una guerra: es una maldición, y no el estado normal de las cosas, y seguimos merced de egos perversos que reclaman triunfos políticos sobre secuestros y muertes, y piden más guerras y maldiciones.
Quizás a estas alturas sea más difícil defender una salida negociada del conflicto que una guerra frontal y sin tregua, pero es que lo más difícil es a veces lo más sensato. ¿Cómo hacerle entender a esa ultraderecha guerrerista que los sinsentidos y despojos de la guerra son un motivo más -como si hiciera falta algún otro- para acabarla en lugar de perpetuarla? ¿Cómo darles a entender que tener dudas sobre las circunstancias de un secuestro no significa justificarlo? ¿Cómo hacer para decirle a las Farc que defender la paz no es defender su discurso y pasar por alto sus abusos, sus atropellos y sus matanzas? ¿Como hacerles entender que estar en contra de esa ultraderecha guerrerista no es estar del lado de ellos?
Y me disculpo, porque tengo que seguir haciendo preguntas: ¿En qué momento defender lo obvio -la paz, la justicia social, la inclusión, la diversidad, la equidad- se convirtió en una amenaza? ¿Cómo hacer para no tener la sensación de que defender lo obvio es en Colombia es una suerte de sentencia de muerte?
Yo no sé si el problema sea que empezamos a hablar de posconflicto. Tal vez el problema sea no entender que esas cosas -que maten dos indígenas por quitar una valla, que secuestren un general, que amenacen a defensores de derechos humanos, que en el Congreso se pretenda
aprobar un fuero para la impunidad militar, que el Ejército reclute ilegalmente y a la fuerza a cientos de jóvenes en todo el país- pasan en la guerra y que, por eso mismo, es necesario ponerle punto final. Y es que también nos toca hablar de posconflicto en medio del conflicto. Menuda tarea.
Resulta que ser colombiano es, también, dar una batalla diaria para no dejarse ganar por el pesimismo. Porque justo cuando creemos que, por fin, tenemos derecho a la esperanza, la guerra mueve sus tentáculos para decirnos que todavía está ahí. Entonces, a estas alturas, ya deberíamos saber que tenemos -como dicen los creyentes- que ponerle una vela a dios y otra al diablo: una vela a la esperanza y otra las escepticismo. Para no olvidar que el conflicto es una desgracia que se debe terminar, pero, también, para no hacernos falsas ilusiones.
Nota: Muy irrespetuoso que El Tiempo, en su página de Internet, obligue a crear una cuenta
para poder acceder a su contenido digital; eso es lo que los entendidos llaman “marketing
guerrilla”.
Andrés Felipe Castañeda
@acastanedamunoz





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