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Tras el fracaso de la concertación entre gremios y sindicatos, el presidente Gustavo Petro decidió por decreto que el salario mínimo llegará a la cifra redonda de los 2 millones de pesos (sumando el auxilio de transporte). Sobre el papel, parece una victoria histórica de la justicia social; sin embargo, como periodistas, nuestra labor es levantar el capó de esta cifra y mirar el motor. ¿Es este el combustible que el consumo necesita o un peso muerto que hundirá la formalidad?
La matemática del empresario: El costo real
El argumento del Gobierno es puramente «keynesiano»: poner dinero en el bolsillo de la gente para reactivar el comercio. Pero ese dinero no sale de una imprenta, sino de la caja de las empresas, donde el 90% son micro, pequeñas y medianas.
- El aumento nominal es del 23%.
- El salario base queda en $1.750.905 y el auxilio de transporte en $249.095.
- El costo real: Sumando pensiones, salud, primas, cesantías y la nueva Reforma Laboral, un trabajador de salario mínimo le costará al empleador cerca de $2.900.000.
La «Tormenta Perfecta» y la automatización
Este incremento coincide con una reforma que encarece recargos nocturnos y dominicales. El resultado más inmediato será la automatización forzada. Sectores como la vigilancia residencial se verán obligados a sustituir seres humanos por porterías virtuales y sensores. El trabajador que hoy celebra el aumento, mañana podría enfrentar un despido porque su labor dejó de ser financieramente viable para una copropiedad asfixiada.
El castigo al talento: Nivelación hacia abajo
Existe un fenómeno técnico preocupante: la compresión salarial.
- Los técnicos y profesionales jóvenes que hoy ganan 3 millones de pesos no están amparados por el decreto.
- Al subir el base un 23%, la brecha entre quien se capacitó y quien no, se cierra de golpe.
- Esto desmotiva la especialización y empuja a la clase media hacia el estancamiento.
El espejo de Venezuela: ¿Un beneficio real o un espejismo?
No podemos ignorar la historia. Hugo Chávez aplicó la misma retórica de «justicia social» decretando aumentos masivos que no estaban respaldados por la productividad. El resultado fue una inflación destructiva: los precios subían antes de que el trabajador recibiera el sueldo. En Colombia, si este aumento dispara el precio del pan y los arriendos, para marzo la inflación se habrá devorado el beneficio.
El gran olvidado en este anuncio es el 55% de los colombianos que están en la informalidad. Ese vendedor ambulante o mototaxista no recibirá el aumento de Petro, pero sí pagará el transporte y la comida más cara. Al final del día, la verdadera dignidad no está en cuántos billetes recibes, sino en qué puedes comprar con ellos y qué tan seguro está tu empleo mañana.
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Nos leemos en la próxima entrada,
Ricardo Galán Libreta de Apuntes