Por Javier Mozzo Peña
Japón ha hecho un regreso ruidoso a la escena mundial. No anunciando una espectacular recuperación económica tras décadas de estancamiento. Tampoco con el lanzamiento de un nuevo modelo de automóvil o de algún aparato electrónico revolucionario. Mucho menos con el cierre de una nueva central de generación nuclear.
Lo ha hecho a lo grande, montado sobre el candente problema de Taiwán, en el lejano oriente. Tan estruendoso ha sido su irrupción que ha involucrado, ni más ni menos, que a China.
Para el gigante asiático, el anuncio de la instalación de baterías de misiles japonesa a unos 140 kilómetros de Taiwán es vista como una amenaza inminente y ha despertado y revolcado hostilidades que se arraigan muy profundamente en la historia, muchas de ellas aún sin resolver.
Taiwán ha sido como un volcán dormido, mucho más desde que consiguió su independencia económica. Al abrazar muy fuerte a la democracia y al capitalismo, la isla alcanzó elevados niveles de prosperidad, riqueza y logros educativos, envidiados en el resto del mundo. Todo gracias al impulso dado por la industria de alta tecnología en la producción de microprocesadores, en la que es no solo referente sino abastecedor mundial.
Taiwán está tan presente en la vida diaria de la humanidad que sin los micro y nano procesadores que produce con tanta calidad, no funcionarían los teléfonos celulares, computadores personales, lavavajillas o neveras inteligentes. Tampoco, centenares de aviones militares de última generación que protegen fronteras en casi todo el mundo.
Pero tiene sin resolver su conflicto con China, con lo que cualquier chispa puede encender el lejano oriente. Más importante aun cuando el líder chino, Xi Jinping, tiene como prioridad número uno, dos y tres que regrese a la égida comunista.
Stephen Wertheim, investigador del programa de Statecraft American en el Carnegie Endowment for international Peace, califica que el riesgo de conflicto ha alcanzado niveles “alarmantes”.
Todavía más luego de que la nueva primera ministra de Japón, Sanae Takaichi, dijo a comienzos de este mes que Taiwán está gobernada democráticamente y que un hipotético ataque chino a Taiwán podría desencadenar una acción militar japonesa.
Beijing reaccionó de manera furiosa a estos planteamientos y pidió una retractación que aún no se ha dado. Incluso, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, le pidió a la primera ministra japonesa bajar las revoluciones y evitar una mayor escalada con China, según reportó The Guardian.
El jueves, el periódico del gobernante Partido Comunista chino, instó a Estados Unidos a frenar a Japón y evitar “acciones que revivan el militarismo”, agregó el diario inglés.
Por un lado, China, la parte más poderosa de la ecuación, ha militarizado el Estrecho de Taiwán y ha lanzado grandes ejercicios militares que simulan bloqueos a la isla. Con su rápida modernización militar, ha dejado perfectamente claro que no renuncia a que antes del 2050, la pequeña y próspera isla regrese a soberanía de la República Popular China.
Japón, en tanto, ha aumentado drásticamente su gasto militar, en desarrollo de su Estrategia de Seguridad Nacional de 2022, con lo que busca alcanzar el 2% del PIB.
Al acelerar sus capacidades de defensa, Japón quiere resolver vulnerabilidades de defensa en su cadena de islas en el suroeste del país que están prácticamente pegadas a Taiwán, así como en el pequeño archipiélago Senkaku-Diaoyu, largamente disputado con China.
La instalación de las baterías de misiles de crucero de largo alcance como los Tomahawk suministradas por Estados Unidos espera concluir en el 2027 en las bases japonesas del suroeste de la isla de Yonaguni. El objetivo de Japón es enfrentar posibles invasiones o bloqueos chinos, indicó el portal especializado World at War en su cuenta en la red social Twitter.
El mismo portal considera que recientes pruebas japonesas de misiles tierra-buque de corto alcance subrayan ese cambio hacia capacidades ofensivas bajo la doctrina de “contraataque”.
En caso de una disputa entre China y Japón, bien sea por una posible invasión a Taiwán o a las reclamaciones de las pequeñas islas Senkaku-Diaoyu, otro actor entrará en acción: Estados Unidos. La superpotencia mundial apoya al 100% a Japón, donde mantiene una de sus más grandes bases militares y, recientemente, acordó un plan de modernización militar de Taiwán por 40.000 millones de dólares.
Andreas Fulda, politólogo e investigador alemán experto en las relaciones China-Europa, alerta que un conflicto que involucre a China, Japón, Taiwán y Estados Unidos afectará gravemente al resto del mundo.
Criticó, en una publicación reciente, que en Occidente muchos piensan que no hay de qué preocuparse por lo que ocurre en el lejano oriente. Y advirtió que un bloqueo marítimo chino a Taiwán, por sí solo, ya provocaría una recesión económica, que empezará por Europa.
Esa depresión sería comparable e incluso peor que la que generó la pandemia de COVID-19. Las cadenas de suministro prácticamente quedarán rotas para el resto del mundo si China logra anexionarse a Taiwán y si, siguiendo ese camino, también decide ejercer por la fuerza soberanía sobre islas disputadas con Japón.
“Entonces, si tomamos en serio el peor escenario, como deberíamos, ¿cuánto precio están dispuestos a pagar los gobiernos occidentales por preservar el statu quo? Preservar la paz y la estabilidad no será gratuito. ¿Cuánto capital político están dispuestos a in verter los gobiernos occidentales? ¿De qué parte del comercio y la inversión con China podemos prescindir?”, son solo algunas de las muchas preguntas que Fulda hace a los líderes de Occidente.
No es de menor cuantía la cuestión sin resolver de China sobre Taiwán y, ahora, la ascendente militarización de Japón para defender sus intereses territoriales. Es momento en que Occidente tome medidas para evitar una nueva confrontación de terribles repercusiones para la vida diaria de las personas.
@javimozzo