¿Está justificada la exuberancia del mercado bursátil estadounidense?

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Por: Didier Saint Georges.- * 

Desde principios de año, el mercado bursátil estadounidense ha avanzado un 8,5 %, mientras que las bolsas europeas han caído, de media, un 2 % y las emergentes, un 10 %. La rentabilidad superior del mercado estadounidense, que se remonta ya a tiempo atrás, ha empezado a causar estupor.

Cuando nos acercamos al final de un ciclo —que, según parece, es la situación actual—, mantener intactas unas sólidas convicciones pasa a ser una ardua tarea. En esta última fase de expansión, los mercados suelen cometer sus mayores excesos (entusiasmo generalizado, subida vertiginosa de los mercados bursátiles, repunte de la inflación), que producen automáticamente su propio antídoto: los bancos centrales, con la intención de calmar los ánimos, endurecen su política monetaria. Y dado que la inflación —pesadilla histórica de todos los bancos centrales— cuenta tradicionalmente con una mayor inercia que el crecimiento, los bancos centrales suelen cometer constantemente el error de seguir subiendo los tipos de interés cuando el crecimiento económico ha empezado a ralentizarse. De este modo, las instituciones monetarias contribuyen muy a menudo a la ralentización económica y a la reversión del mercado. Así, nos viene a la mente cuando Jean-Claude Trichet, entonces presidente del Banco Central Europeo, decidió subir los tipos de referencia en agosto de 2008 porque los indicadores de la inflación se habían ampliado, aunque la reversión económica ya había comenzado. Este error pasó a la historia, pero cabe decir en su favor que no tenía nada de excepcional. Los responsables de los bancos centrales solo creen en lo que pueden ver. 

En cambio, es fundamental que los inversores prevean estas reversiones, so pena de arruinarse, tal y como sucedió en muchos caso en 2000-2001 o en 2008. Así, ¿es necesario dejar de sumarse a la euforia actual del mercado estadounidense, en un momento en que este grita su último «¡viva!», impulsado hasta niveles máximos, justo antes de su reversión?

La responsabilidad de responder a esta pregunta, tan clásica, suele recaer en los economistas. Por ahora, estos se mantienen relativamente optimistas en cuanto al crecimiento del país norteamericano, gracias a una política presupuestaria muy estimulante que compensa el ajuste monetario.Pero esta explicación no es suficiente para justificar semejante rentabilidad superior por parte del mercado estadounidense.

La colisión de este crecimiento económico con dos factores exógenos totalmente extraordinarios es mucho más decisiva para comprender la singularidad del caso estadounidense. 

En primer lugar, el ciclo monetario. Esta vez, los bancos centrales no pueden conformarse con subir, aunque sea de forma prudente, sus tipos de interés, sino que también han de desinflar la burbuja monetaria que alimentaron durante años mediante el famoso programa de relajación cuantitativa (quantitative easing). Pero este movimiento solo ha comenzado en EE. UU. La Reserva Federal ha empezado a destruir los 4,5 billones de dólares que inyectó entre 2008 y 2014. Esta destrucción monetaria constituye un fenómeno mucho más poderoso que las subidas de los tipos de referencia en unas decenas de puntos básicos. Pero, sobre todo —y este punto es el que mayor importancia reviste—, esta acción resulta mucho más crucial para el resto del mundo que para el propio país norteamericano. En efecto, el dólar es la principal moneda de financiación de la economía mundial. Hasta tal punto que los países muy dependientes de la financiación externa en dólares, como lo son en extremo Argentina o Turquía, viven el cierre del manantial de dólares como una privación sumamente dolorosa. El ciclo monetario estadounidense lastra principalmente al resto del mundo.

El segundo factor exógeno es el ciclo político. La globalización de los últimos veinte años, que ha impulsado generosamente los márgenes de las empresas internacionales y enriquecido a sus accionistas, se enfrenta hoy día a potentes fuerzas antagonistas. El nacionalismo económico se afianza y, con él, la tentación del proteccionismo y la rebelión contra el orden establecido y el libre comercio. Lógicamente, en el marco de esta mutación, que contempla el comercio mundial como un juego de suma cero en el que por cada ganador debe haber un perdedor, se aplica la ley del más fuerte. En otras palabras, actualmente, la de la economía estadounidense. Y Donald Trump no oculta su intención de aprovechar su posición dominante para forzar a sus «socios» comerciales a aceptar unas condiciones mucho más favorables para la economía de su país. La revolución estadounidense contra el libre comercio debilita al resto del mundo.

Así, la política monetaria y la política comercial de EE. UU. tienen por objeto «absorber» al mismo tiempo la liquidez y el crecimiento del resto del mundo. Si añadimos una pizca de riesgo político en Europa y en Latinoamérica, encontramos la respuesta a la tan singular divergencia entre todas las plazas bursátiles, por un lado, y el mercado estadounidense, por el otro.

Seamos conscientes de que la colisión entre tres ciclos (monetario, económico y político) se traduce en que los mercados financieros empiezan a ser el escenario de acontecimientos insólitos. Y esta confluencia de factores no ha hecho más que empezar. 

*Managing Director y Miembro del Comité de Inversiones de Carmignac

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