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Por Javier Mozzo Peña

El primer ministro de Gran Bretaña, Keir Starmer, casi rompe en llanto cuando anunció su decisión de dejar el puesto, de pie ante un pequeño atril, el pasado lunes, bajo el sol veraniego de Londres.

Al iniciar su comparecencia frente al número 10 de Downing Street, sede del gobierno británico, lucía fuerte respecto a la decisión que estaba a punto de revelar ante decenas de cámaras y periodistas.

A medida que avanzaba, su voz temblaba hasta que flaqueó casi al final de su discurso, al recordar y agradecer el apoyo de su familia en los casi dos años al frente de los destinos de uno de los países más poderosos del planeta.

Starmer lamentó la puerta que le cerró en su nariz su propio partido para que fuera el líder que lo conduciría al éxito de cara a las próximas elecciones generales, que lucen muy lejanas, en el 2029.

Por eso, le notificó al rey Carlos III su decisión de renunciar y pedir al Comité Nacional del Partido Laborista un calendario de presentación de candidaturas para remplazarlo, que comenzará el 9 de julio y terminará antes de que concluya el receso de verano del Parlamento en septiembre. Starmer repitió un acto en el que lo precedieron otros cinco políticos conservadores.

Con una alta probabilidad, la decisión de los laboristas desembocará en el nombramiento del ex alcalde de Manchester, Andy Burnham, el séptimo primer ministro en 10 años, quienes no han sido capaces de encontrar el norte en un momento tan turbulento para el mundo.

Un fuerte abrazo con su esposa terminó la que sin duda será recordada por Starmer como la decisión más dura que ha tenido que adoptar en su carrera.

Pero así se manejan las cosas en el país con una de las democracias más antiguas del mundo, que, a juzgar por la seguidilla de líderes, denota un agotamiento estructural de su modelo político, según analistas.

Se trata de una inquietante inestabilidad en la quinta mayor economía del planeta y uno de las dos potencias nucleares europeas. Una debilidad que no puede darse el lujo de mostrar ante sus socios en el continente, una Rusia intimidante y un Estados Unidos alejado de Europa, en medio de serios desafíos geopolíticos.

¿Qué no logró Starmer para llegar a este punto de inflexión?

Analistas de Chatham House, como el general Richard Barrons, coautor de la revisión de la estrategia de Defensa de 2025, expresó que pese a que Starmer diagnosticó bien que el Reino Unido vivía en un mundo más peligroso y que necesitaba una transformación urgente, no acertó en asegurar los fondos para pagar una revisión completa y estructural.

“La falta de competencia del gobierno está haciendo que el Reino Unido sea menos seguro y socavando su reputación ante los aliados”, escribió Barrons este mes. Esas constantes disputas fiscales y la falta de visión del gobierno impidieron financiar la estrategia de defensa, degradando la posición británica cuando la OTAN más la necesita, ante las serias amenazas de Rusia.

El diario británico The Guardian reveló que cuando su ministro de Defensa, John Healey solicitó 18.000 millones de libras adicionales para enfrentar los desafíos e invertir en al menos sostener a las fuerzas armadas, la ministra de Hacienda, Rachel Reeves, negó su aprobación a algo que estuviera por encima de 13.500 millones de libras.

Al quedarse sin el dinero requerido, Healey renunció, pues el gasto en defensa se quedaría muy por debajo de los objetivos que, entre otros, exigen las fuerzas armadas y el propio Donald Trump, de 3% del PIB.

Y eso es grave porque, de cara a la próxima cumbre de la OTAN, Starmer llegaba debilitado, enviando una señal de vulnerabilidad financiera a sus aliados y adversarios, cuando intentaba proyectar fuerza, según escribió Luke Coffey, del Hudson Institute.

Olivia O’Sullivan, la directora del programa “UK in the World” de Chatham House, manifestó que la dimisión de Healey provocó un daño enorme, justo cuando Starmer proyectaba un historial “relativamente seguro en defensa y asuntos exteriores”.

Entre los puntos fuertes erosionados estuvo el liderazgo mostrado por el primer ministro, de llevar a 35 países a comprometerse a mantener la seguridad en el Golfo Pérsico, en momentos en que estaba totalmente cerrado y los precios de los combustibles se disparaban a niveles insoportables.

Starmer tampoco logró aplicar un plan de choque para amortiguar el golpe de la crisis energética para los británicos, iniciada en febrero por los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán. Esperaba congelar los impuestos a los combustibles, reducir las facturas de energía y desvincular al país de la volatilidad del mercado internacional de hidrocarburos.

También se erosionó la llamada “Coalición de los Dispuestos”, cuyos miembros también se reunirán próximamente, diseñada para garantizar la seguridad a largo plazo de Ucrania.

Al ir algo más atrás en el tiempo, es indudable que sobre Gran Bretaña pesan aún las secuelas de la crisis financiera internacional del 2008, desatada en Estados Unidos. De la misma forma, la decisión de separarse de la Unión Europea (Brexit).

Más cerca, en mayo de este año, los laboristas y Starmer recibieron un duro golpe al perder escaños en las elecciones locales de Inglaterra y en los parlamentos de Escocia y Gales, según un análisis de la BBC. “Es brutalmente duro para los laboristas”, comentó la analista Laura Kauenssberg.

El Partido Laborista perdió 1.500 asientos en los consejos municipales. Los votantes se fueron por candidatos del partido de derecha Reform UK, de Nigel Farage, y del Partido Verde.

Se espera que esas formaciones, especialmente la primera, llegarán con una fuerza casi incontestable de cara a las elecciones generales del 2029, si es que antes no se convocan. 

El Brexit no solo ha costado crecimiento económico, desempleo, dolores de cabeza y menos prosperidad y bienestar a los británicos.

El presidente de Finlandia, Alexander Stubb, expresó en marzo pasado que “el Brexit fue un error garrafal… no solo fue un tiro en el pie, sino amputarse una pierna sin ninguna razón médica. Necesitamos una voz británica en Europa. De verdad que los echamos de menos, en serio, en todos los temas”, declaró el mandatario en una visita a Chatham House.

Ese alejamiento británico frente a acontecimientos que sacuden al mundo, no deja de compararse en la activa participación británica en otras épocas, como en las administraciones de Margaret Thatcher y Tony Blair en las décadas de 1980 y 1990, las cuales proyectaron poder británico.

La prematura caída de Starmer deja una lección clara para todos aquellos que asumen el poder: en una era de crisis, de nada sirve querer ser un faro de seguridad para el mundo si en casa no hay voluntad, apoyo político, ni fondos para pagar la factura.

El sistema británico acaba de devorar a otro primer ministro, demostrando que la nostalgia por la era de Thatcher o Blair no basta para gobernar un país que, tras el Brexit y el estancamiento, sigue sin encontrar su lugar en el mundo.

@Javimozzo

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