Millonarios venció a Llaneros 2-1: ganó, pero terminó sufriendo

Comparte:

El Campín, 4:30 de la tarde. Un clima delicioso, de esos que solo Bogotá sabe fabricar: ni frío ni caliente, un equilibrio perfecto para que el fútbol parezca más fútbol. El estadio, como tantas veces, estaba lleno. Y el ambiente tenía ese tono especial de partido que no promete ser histórico, pero sí puede convertirse en una tarde inolvidable.

Millonarios salía a la cancha vestido completamente de azul, con una novedad que no necesita presentación: Radamel Falcao García, titular. El público lo recibió como se reciben las leyendas: con emoción genuina, con respeto, con esa mezcla de orgullo y nostalgia que solo provocan los nombres grandes.

Falcao cantó el himno de Bogotá y en la tribuna se sintió algo más que un ritual: se sintió pertenencia.

Pero el fútbol, que es experto en cambiar el guion sin pedir permiso, tenía otros planes.

Tres nueves, una idea, y un inicio que ilusionó

La curiosidad táctica era evidente desde antes del pitazo inicial: ¿cómo iba a acomodar Millonarios a sus tres atacantes nominales?

En el papel, la estructura parecía clara: Novoa en el arco; Sarabia, Llinás, Mosquera, Arias y Valencia en defensa; Ureña y García en el medio; y adelante Falcao, Contreras y Leonardo Castro. Pero en la práctica, el dibujo era más flexible: Contreras cargado a la derecha, Falcao en el centro y Castro más hacia la izquierda, como interiores sin banda, sin prisa, pero con campo para moverse.

Y funcionó rápido.

Apenas en el minuto 4, llegó el primer estallido: gol de Contreras, tras un pase de Valencia. Un tanto tempranero, de esos que desatan el rugido de la tribuna y abren el apetito.

Contreras, además, dejó una impresión clara: actitud, compromiso, hambre. En Millonarios, cuando un jugador combina entrega con goles, la luna de miel no tarda en instalarse.

Un partido áspero y un Llaneros que vino a golpear

Pero el partido no era limpio. Llaneros no vino a contemplar. Vino a incomodar, a cortar, a frenar el juego con faltas y discusiones. La vieja fórmula del equipo chico que busca sobrevivir en el Campín: cortar el ritmo, interrumpir, pegar primero y preguntar después.

Las amarillas empezaron a caer temprano. El capitán visitante protestaba más de lo que corregía. Mantilla, exjugador embajador, entró en el libreto de la fricción. Y Juan José Ramírez, otro exMillonarios, asumió el papel de protagonista en Llaneros, cobrando tiros libres, dirigiendo, ordenando. Curioso: el conductor que Millonarios no tiene… lo tenía enfrente.

Porque esa fue una de las grandes señales del primer tiempo: Millonarios no tiene un mediocampista que calme el partido, que conecte defensa y ataque, que le ponga pausa al vértigo.

La distancia entre líneas era inmensa. Los delanteros quedaban lejos, aislados. Y en el medio, abundaba la marca, pero faltaba la brújula.

La peor noticia: el partido se llenó de camillas

Cuando el Campín todavía celebraba el 1-0, llegó el golpe más duro: Rodrigo Contreras se lesionó. Minuto 31. Pidió cambio. Salió en camilla. Y el ambiente, que hasta entonces era fiesta, se convirtió en preocupación.

No había pasado mucho tiempo cuando el cuerpo de Falcao también mandó señales. Un tirón, un gesto inequívoco, esa incomodidad que en el fútbol suele ser anuncio de ausencia.

En cuestión de minutos, Millonarios pasaba de tener tres goleadores en el campo… a quedarse sin dos de sus nombres más importantes.

Las lesiones en Millonarios ya no parecen accidente. Parecen patrón. Y cuando se repite tanto, inevitablemente surge la pregunta incómoda: ¿qué está pasando con el trabajo físico y médico del equipo?

El técnico Bustos, inquieto y gesticulante como siempre, hizo un movimiento defensivo: sacó a Contreras y metió a Vega. Tres volantes de recuperación. Ocho jugadores para defender. Un equipo que se empezaba a proteger demasiado temprano.

Y así terminó el primer tiempo: Millonarios ganaba, pero el triunfo sabía a incertidumbre.

El segundo tiempo: se fue Falcao, volvió el gol… y regresó el miedo

Para el segundo tiempo, Bustos tomó decisiones claras: Hurtado entró por Falcao y Banguero por Llinás. El mensaje era evidente: cuidar piernas, evitar más tragedias físicas, y quizás culpar a la cancha dura de las molestias.

Millonarios arrancó el complemento cometiendo faltas peligrosas cerca del área, como si el equipo todavía estuviera desconectado mentalmente del partido.

Pero el fútbol volvió a dar una buena noticia.

Minuto 58: Leonardo Castro, el goleador que venía apagado, marcó de cabeza tras centro de Sarabia. El 2-0 fue un alivio colectivo. El Campín respiró. El banco celebró. Castro, por fin, se sacudía la mala racha.

Y hubo un detalle que merece subrayarse: los dos goles nacieron en centros de los laterales. Valencia en el primero. Sarabia en el segundo. En esta nueva versión de Millonarios, los laterales atacan más, participan más, generan más. Y eso, en un equipo que durante meses padeció la falta de sorpresa por las bandas, es una noticia grande.

Además, Mateo García empezaba a adelantarse unos metros y a ofrecer algo distinto: serenidad, pase, intención. No era el clásico “10”, pero al menos era un intento de conexión.

Millonarios jugaba mejor. Controlaba el balón. Parecía un equipo más maduro. Incluso se veía algo poco común: un Millonarios tranquilo, sosteniendo la pelota sin angustia.

Hasta que llegó el pecado de siempre: perdonar.

El 3-0 que no fue… y el 2-1 que amargó la tarde

Hurtado desperdició una oportunidad increíble. Angulo también. Jugadas que, en un equipo serio, se convierten en sentencia. En Millonarios se convierten en castigo.

Porque el fútbol no perdona la falta de contundencia. Y menos cuando el equipo tiene una fragilidad repetida: la defensa dormida ante centros.

Minuto 83: centro al área, nadie corta, el arquero no sale, duelo perdido… y gol de Llaneros.

Un gol clásico, de esos que Millonarios parece coleccionar: el centro que cae como lluvia lenta y encuentra cabezazo libre porque la defensa se queda mirando.

De pronto, el Campín volvió a la vieja sensación: el triunfo en la mano, pero el sufrimiento en el alma.

Los últimos minutos fueron una mezcla de nervios, reclamos, tensión y esa costumbre embajadora de sufrir partidos que parecían resueltos.

Ganó Millonarios, sí… pero el partido dejó dos alertas enormes

El pitazo final decretó el 2-1. Tres puntos. Resultado favorable. Un equipo que, bajo Bustos, empieza a mostrar personalidad y estructura.

Pero la victoria dejó dos alarmas imposibles de ignorar:

La primera: las lesiones de Falcao y Contreras, que pueden convertirse en un golpe durísimo si se confirma gravedad.

La segunda: la repetición de un defecto estructural: Millonarios sigue sin saber cerrar los partidos. Perdona demasiado y se desconcentra demasiado. Y eso, contra equipos grandes, se paga con derrotas.

El balance final es extraño: Millonarios jugó mejor, se vio más sólido, encontró caminos por las bandas y recuperó a su goleador… pero terminó con el corazón en la garganta y con el temor de perder a dos figuras por lesión.

El Campín salió feliz por el triunfo.

Pero no salió tranquilo.

Porque Millonarios ganó.

Sí.

Pero el partido dejó claro que todavía hay mucho por corregir… antes de que el campeonato se cobre la factura.

Mensaje Parroquial: Señor Jorge Cabezas Hurtado, jugador # 99, ¿Ha pensado que quizá gana poquito porque le aporta poquito a Millonarios. Hoy tuvo dos y botó dos.  

Comparte:

Comentarios

Deja una respuesta