Por: Fernando Salgado Quintero MD MSc.
En el umbral de una nueva jornada electoral, Colombia se encuentra nuevamente en una encrucijada donde el ruido de la desinformación y el eco de las ofensas parecen ser más fuertes que las propuestas. Las “fake news” y la polarización no son solo herramientas de campaña, son grietas que debilitan los cimientos de nuestra democracia. Hoy, más que nunca, es imperativo hacer una pausa y acudir a la sensatez.
Solemos volcar toda nuestra energía en la carrera presidencial, olvidando que el equilibrio de una nación reside en su rama legislativa y, por lo tanto, antes de definir el rumbo del ejecutivo, tenemos la responsabilidad de elegir un Congreso conformado por personas con el suficiente prestigio intelectual y político, ciudadanos cuya trayectoria sea garantía de debates de altura.
Que tengan la capacidad de construir y que enaltezcan la política en lugar de degradarla con ataques personales. Que también tengan esa necesaria vocación de servicio, personas que comprendan que su labor es representar el interés común, no el de un sector radicalizado.
Un Congreso sólido es el mejor seguro para que, sin importar quién llegue a la Casa de Nariño, las instituciones sigan funcionando y la democracia se mantenga a salvo, ese es el primer gran paso para la estabilidad. Es una contradicción peligrosa intentar «salvar» la libertad usando las mismas armas, la mentira, el odio y el miedo de quienes supuestamente quieren destruirla.
No podemos permitir que el debate se reduzca a ver quién ofende más al contradictor, la democracia se defiende con democracia y el proceso democrático es claro, debemos elegir un congreso para fortalecer la base institucional, en la primera vuelta definiremos las visiones de pais de manera objetiva y en la segunda vuelta (si es necesaria), deberemos elegir soberanamente a quien el pais prefiera.
Es natural y legítimo tener preferencias políticas, la democracia se nutre de la defensa apasionada de nuestras ideas, planes y programas de gobierno. Sin embargo, el verdadero carácter democrático se demuestra al debatir propuestas, no al degradar al oponente.
Recurrir al ataque personal o al insulto contra el contradictor es un ejercicio absurdo y deshonesto que solo descalifica a quien lo expresa. En un país como el nuestro, que enfrenta desafíos críticos de seguridad nacional, narcotráfico, violencia y profundas heridas en derechos humanos, no podemos permitir que el odio o la venganza dicten nuestro camino.
Hoy más que nunca, Colombia necesita un gobierno que nos una a todos bajo la bandera de la sensatez. Como bien advertía Winston Churchill: “El mejor argumento en contra de la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio”, una crítica mordaz que nos cae como anillo al dedo, y que nos obliga a elevar el nivel del debate, a informarnos profundamente y a votar con una conciencia clara, para que nuestra elección sea la cura y no la enfermedad de nuestra nación.
“El mejor argumento en contra de la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio”, Winston Churchill
La mayoría de los candidatos actuales son personas con carreras ejemplares y una hoja de vida digna de ser analizada. Nuestra tarea como ciudadanos es estudiarlas con rigor, reconociendo que la diferencia de opinión no convierte al otro en un enemigo, no podemos pretender mantener la democracia usando los argumentos de quienes no la quieren.
La democracia no se construye con la suerte de una moneda al aire, sino con la fuerza de un voto a conciencia, elegir con la mente informada y el corazón honesto es la única forma de asegurar que el mañana nos pertenezca a todos.
Elijamos con la prudencia de quien sabe que, después de las elecciones, todos seguiremos compartiendo el mismo suelo. Que gane la propuesta, que gane el prestigio y, sobre todo, que gane la sensatez.