La elección presidencial terminó, pero el verdadero desafío apenas comienza.
Los colombianos eligieron a Abelardo de la Espriella con una diferencia estrecha sobre Iván Cepeda. El resultado dejó dos mensajes difíciles de ignorar: una participación histórica y un país prácticamente dividido en dos mitades. La legitimidad electoral está fuera de discusión. La gobernabilidad, en cambio, está por construirse.
Ese fue el tema central de nuestra conversación de hoy con el profesor y analista Pedro Medellín.
Durante años, los colombianos hemos usado como sinónimos dos conceptos que no lo son: gobernanza y gobernabilidad. La primera tiene que ver con la manera como se toman las decisiones; la segunda, con la capacidad de convertir esas decisiones en resultados concretos.
Y ahí aparece el primer reto del nuevo gobierno.
Abelardo de la Espriella llega a la Casa de Nariño después de una campaña construida alrededor de una promesa de cambio político. Rechazó el apoyo formal de los partidos tradicionales, financió su campaña sin las estructuras habituales de poder y se presentó como un candidato independiente de las maquinarias que han dominado la política colombiana durante décadas.
Ahora deberá demostrar que es posible gobernar sin ellas.
La experiencia demuestra que ganar una elección y gobernar son dos cosas distintas. Gobernar implica construir equipos, entender el funcionamiento real del Estado, relacionarse con el Congreso, coordinar con gobernadores y alcaldes, dialogar con el sector privado, respetar la independencia de las cortes y mantener una conversación permanente con la ciudadanía.
En otras palabras: la política no desaparece cuando termina la campaña.
Pedro Medellín planteó una idea que merece atención. A su juicio, el nuevo presidente no debería empezar por negociar cuotas burocráticas o repartirse ministerios para conseguir apoyos. Debería comenzar por construir un equipo competente capaz de convertir las promesas de campaña en resultados verificables.
La pregunta de fondo es si Colombia está preparada para una forma distinta de construir gobernabilidad.
La respuesta podría estar más cerca de las regiones que de Bogotá.
Mientras durante décadas el poder parecía concentrarse en el Congreso y en los directorios de los partidos, las últimas elecciones volvieron a demostrar la importancia creciente de alcaldes y gobernadores. Son ellos quienes administran buena parte de los problemas cotidianos de los ciudadanos y quienes pueden convertirse en el puente entre un gobierno nacional y una oposición que conserva una fuerza política considerable.
No es un dato menor. El petrismo perdió la Presidencia, pero mantiene una representación importante en el Congreso y conserva capacidad de movilización política. Ignorar esa realidad sería un error. La gobernabilidad exige reconocer que casi la mitad del país votó por una opción distinta.
Quizás la principal conclusión de la conversación sea esta: Colombia entró en una nueva etapa política.
Las redes sociales cambiaron la relación entre gobernantes y ciudadanos. Los medios tradicionales ya no monopolizan la conversación pública. Los partidos dejaron de ser los únicos intermediarios entre la sociedad y el poder. Y los gobiernos ya no pueden darse el lujo de hablar solamente; están obligados a escuchar.
La campaña de Abelardo de la Espriella se caracterizó precisamente por eso: escuchar. Si traslada esa lógica al ejercicio del gobierno, podría encontrar una herramienta poderosa para entender qué esperan los ciudadanos y corregir rápidamente los errores.
Pero ninguna tecnología reemplaza la necesidad de construir acuerdos.
La gobernabilidad sigue siendo, al final, el arte de convertir el respaldo electoral en capacidad real de transformar la vida de las personas.
Y ese examen comienza ahora.
Menos ruido. Más contexto.
Ricardo Galán