Por: Javier Mozzo Peña
“Bajarse del bus” es una expresión coloquial colombiana que denota que alguien deja de cumplir un compromiso que suscribió y que esgrime distintos motivos para hacerlo. Y es una frase que puede encajar perfectamente en lo que está sucediendo con los objetivos de cambio climático, sin que se vean resultados tangibles.
La semana pasada, publicaciones de todo tipo hicieron serias advertencias antes de las reuniones de primavera de los principales organismos de crédito internacionales, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Países y empresas ya hicieron saber que no podrán llegar a las metas fijadas en los planes de transición de los combustibles fósiles a renovables antes del 2030.
Esos organismos han prometido apoyo financiero a los países a los que se les incluyó en una serie de compromisos para reducir su huella de carbono, especialmente los del llamado “sur global”, sub desarrollados, o en vías de desarrollo como Colombia.
Pues bien, la persistencia de una alta inflación, que lleva a que se mantengan elevadas las tasas de interés, los conflictos en Europa del Este y el Medio Oriente y el ingreso de más personas a la llamada “clase media” -que los alienta a adquirir vehículos de segunda mano usualmente de gasolina o a viajar más en avión- está haciendo que cada día se demanden más combustibles fósiles.
Otras razones apuntan a que los países no quieren dejar de crecer y necesitan una energía confiable y relativamente barata.
Una de las alertas fue emitida por el mayor banco de Estados Unidos, JP Morgan. Su presidente, Jamie Dimon pidió “verificar la realidad” sobre la eliminación gradual de los combustibles fósiles y su transición a fuentes renovables.
A la par, las gigantes compañías petroleras como Shell y BP redujeron sus objetivos climáticos este año, mientras que otras firmas como Microsoft, Unilever y JBS no lograron fijarse metas que fueran suficientemente ambiciosas, como lo exige la iniciativa Science Based Targets, un organismo creado tras la cumbre climática COP26 de la ONU en Glasgow.
Expertos tampoco garantizan que la demanda de petróleo y gas llegue a su punto máximo en 2030, tal como lo predijo la Agencia Internacional de Energía. Para JP Morgan, el mundo necesitará casi 110 millones de barriles diarios de crudo por día en el 2030, mientras que la construcción de vehículos eléctricos, paneles solares y otros elementos para la transición demandarán 2 millones de barriles diarios adicionales. No muy lejos de lo que ahora consumimos.
En su informe de estrategia energética global, JP Morgan advirtió que pueden ser no meses ni años, sino generaciones las necesarias para alcanzar los objetivos de cero emisiones netas a la atmósfera, sin que se materialicen esfuerzos para reducir el uso del petróleo, el carbón y el gas natural.
“Tenemos que afrontar la realidad en torno a que las variables han cambiado”, el dijo al Financial Times, Chrystian Malek, jefe de estrategia global de JP Morgan. Y el banco tiene motivos de sobra para hacer esas advertencias, pues es uno de los mayores financiadores privados en el mundo, que ha visto destinar más recursos a proyectos de combustibles fósiles, que a los de energía renovable. Un claro indicador de la preferencia de los países.
La agencia Bloomberg también emitió la semana pasada un despacho según el cual el carbón sigue impulsando la economía de India, en pleno auge y una de las de más rápido crecimiento en el mundo.
Para India se trata de proporcionarle energía a más de 1.400 millones de personas y así lo ha dejado claro luego de incumplir su compromiso de cerrar en el 2022 una de las más grandes centrales térmicas a carbón de Asia, Tuticorin. Tras 40 años de inaugurada, hoy está generando a pleno rendimiento, con una utilización que en febrero alcanzó un 90%.
Las calderas de la central consumen carbón de minas situadas a unos 2.000 kilómetros de distancia, cuyo transporte, además, agrega huella de contaminación a la atmósfera.
No hay otra economía en el mundo que consuma más energía en este momento que India. Y tiene por qué hacerlo dado que su gobierno nacionalista está firme en que su PIB se expanda en un 6 % en promedio en los próximos años y ser un actor preponderante en el sudeste asiático. Las soluciones de energía alternativa aún no han tenido éxito por simples razones financieras, políticas y de seguridad.
Veamos otro ejemplo: los suministros de petróleo de Rusia a China. En el primer trimestre del 2024 aumentaron en un 13 %, de acuerdo con un reporte de la Administración de Aduanas china. De enero a marzo, las importaciones se acercaron a los 30 millones de toneladas, con un aumento en valor de más de 13% a casi 14.000 millones de dólares. Buen dinero para Rusia, que necesita tener bien aceitada su maquinaria de guerra contra su vecina Ucrania.
Rusia es, de lejos, el más confiable abastecedor de crudo de China. Este país no mueve su objetivo de convertirse en un actor global de primer orden en el sistema internacional, a la par con Estados Unidos, para lo cual necesita una economía robusta y que funcione las 24 horas.
El ejemplo de Colombia es aún más diciente. También la semana pasada, el Ministerio de Minas y Energía permitió que las centrales térmicas a gas trabajaran a su máxima capacidad, ante las pocas precipitaciones que tienen a los embalses generadores de electricidad en mínimos y al país al borde de un nuevo apagón.
Sin objetivos de convertirse en un actor preponderante en la economía o en el sistema internacional, como sí lo tienen India y China, Colombia ya puso a plena capacidad su parque de térmicas. Si de veras se fijara metas ambiciosas de expansión económica, reducción del desempleo y superación de la pobreza, nuestro país no tendría cómo “energizar” esos nobles propósitos. Apenas estamos surtiendo la electricidad mínima, con un lánguido crecimiento económico.
@javimozzo