Por: Fernando Salgado MD
La democracia, como sistema de gobierno, ha sido objeto de reflexión profunda desde la antigua Grecia, particularmente en las obras de tres de sus más influyentes filósofos: Sócrates, Platón y Aristóteles.
Cada uno de ellos abordó la cuestión de la democracia desde diferentes ángulos, brindando un legado de pensamiento que sigue resonando en los debates y retos contemporáneos de la democracia, la gobernanza y la participación ciudadana.
Sócrates, crítico de la democracia ateniense, a través de su método dialéctico, planteó cuestionamientos fundamentales sobre la capacidad de la mayoría para gobernar. Consideraba que la sabiduría y la virtud eran esenciales para la toma adecuada de decisiones políticas, y que la democracia ateniense, al otorgar el poder a la mayoría sin el debido conocimiento, era propensa a la demagogia y a decisiones erróneas.
Para él, la educación y el autoconocimiento eran vitales para formar ciudadanos capaces de participar en la vida política de manera informada y responsable. Su crítica a la elección por sorteo de los funcionarios políticos, argumentando que debería basarse en el conocimiento y la competencia, resuena hoy en debates como el que tenemos en el momento en Colombia sobre la calidad de la representación política y la importancia de la educación cívica.
Platón, el discípulo avanzado de Sócrates quien, a través de la desconfianza y la búsqueda permanente de la justicia, compartió su escepticismo hacia la democracia. En su obra más importante, La República, planteó que la democracia, al ser susceptible a la manipulación por demagogos y a la inestabilidad derivada de decisiones impulsivas, carecía de la sabiduría necesaria para gobernar, algo de lo que todos los días hablamos en nuestro país.
Criticaba la idea de la igualdad en la distribución del poder, sugiriendo que solo los filósofos, quienes poseían un conocimiento profundo y un sentido de justicia, deberían gobernar. Su modelo de «filósofos-reyes» proponía un gobierno que priorizara la razón y el conocimiento sobre la opinión popular, lo cual es sin lugar a duda un llamado a reflexionar sobre las características que deberían guiar el liderazgo en la actualidad no solo en nuestro país sino en el mundo.
Finalmente, Aristóteles, siempre con un enfoque equilibrado, tibio dirían hoy día algunos, adoptó una postura más matizada y aunque reconocía la democracia como una forma desviada de gobierno, también admitía sus virtudes cuando se moderaba y combinaba con otros sistemas, dando lugar a la Politeia, un término griego que se refiere principalmente a la forma de gobierno o constitución de una ciudad-estado (polis), y que también se refiere a la ciudadanía o al conjunto de ciudadanos.
En la filosofía política griega, especialmente en las obras de Platón y Aristóteles, «Politeia» adquiere una gran importancia, ya que se analiza como la organización política de una sociedad y su relación con la justicia y un buen gobierno mixto que incluye elementos democráticos y oligárquicos.
Para Aristóteles, la participación de la clase media era crucial para evitar los excesos y las pasiones descontroladas de la democracia pura. En su opinión, el respeto a la ley y un entendimiento equilibrado de los derechos y deberes de los ciudadanos son esenciales para garantizar un gobierno que busque el bien común.
En el contexto actual, la democracia enfrenta desafíos significativos. El aumento de la desinformación, la polarización política y el descontento social han llevado a cuestionar la efectividad de los sistemas democráticos en varios países del mundo incluido el nuestro.
La crítica de Sócrates a la sabiduría popular, el escepticismo de Platón hacia la demagogia y la búsqueda de un equilibrio en la visión de Aristóteles son más relevantes que nunca. La participación informada, la educación cívica y la promoción de un liderazgo responsable son hoy más que nunca, elementos que pueden contribuir a revigorizar y fortalecer la democracia moderna.
En conclusión, aunque podemos afirmar que la democracia no está «acabándose», sí enfrenta hoy una enorme crisis de legitimidad y confianza que se traduce en una gran incertidumbre y es por esta razón que la búsqueda de un modelo de gobierno «perfecto» puede ser en los actuales momentos un ideal inalcanzable, pero la combinación de las enseñanzas de estos tres grandes filósofos puede guiarnos hacia un sistema más robusto y participativo, donde la sensatez, la razón y la virtud prevalezcan sobre la opinión popular. Así, la reflexión filosófica sigue siendo una herramienta vital para entender y mejorar nuestra convivencia democrática en un mundo en constante cambio.