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La culpa siempre será de la vaca

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Por: José Obdulio Espejo Muñoz

Cuando los esposos Jaime Lopera Gutiérrez y Marta Inés Bernal escribieron el “best seller” La culpa es de la vaca, sabían que su analogía sobre el comportamiento humano  y el de la hembra de este mamífero de la familia de los bóvidos, se ajustaba como anillo al dedo a la pésima costumbre que tenemos los colombianos de culpar a terceros o al entorno de nuestras desgracias e infortunios.

Esta especie de mal hereditario presente en nuestro ADN -que los autores del libro abordan magistralmente  en este compendio criollo de liderazgo, que va por su segunda entrega- salió nuevamente a flote con la demolición del emblemático Monumento a Los Héroes, situado en el cruce de la Autopista Norte, la Avenida Caracas y la calle 80, en el norte de Bogotá. 

Porque a muy pocos colombianos con alma patriota realmente nos importaba la suerte de este bien de interés cultural de la nación y del Distrito. Realidad que cambió cuando, martillo en mano, un ejército de rusos -y no precisamente los espías de Vladimir Putin en Colombia- iniciaron el pasado 23 de septiembre los trabajos para su derrumbamiento, empezando con la torre rectangular enchapada en piedra. 

A partir de ese momento,  quienes nos autoproclamamos «ciudadanos de bien»  -especialmente en el seno de la reserva activa de la Fuerza Pública- comenzamos a llorar sobre la leche derramada, al mejor estilo de la imberbe protagonista de la fábula atribuida por unos a La Fontaine y por otros a Samaniego.

Entonces, consideramos imperativo el buscar un bribón que permitiera lavar las culpas de nuestra pasividad ciudadana, desinterés por lo público e indiferencia generalizada. Apuntamos el dedo acusador para señalar a la izquierda y, en nuestro afán de ponerle rostro al problema, fue fácil endilgarle la culpa a la polémica alcaldesa capitalina.

En aquel momento, muchos desconocíamos que la idea de demoler el monumento había sido votada en el concejo de Bogotá en 2018. También que los cerebros detrás de este despropósito eran en realidad el exalcalde Enrique Peñalosa y sus coequiperos.

Además, vaya sorpresa que nos llevamos al saber que  exconcejales de partidos políticos afines con nuestros principios democráticos y férreas posiciones antiprogresistas -léase anti comunistoides- y que hoy ocupan los solios del Min Defensa y hasta del Min Interior, votaron en favor de la medida.

Todo indica que el Monumento a Los Héroes se interponía en el trazado de la primera línea del Metro de Bogotá, toda vez que en este estratégico lugar está proyectada la construcción de la estación 16.

En este punto, conviene anotar que el Bolívar Ecuestre que estaba en la cara frontal del monumento fue retirado el 24 de mayo de este año. Expertos del Min Cultura y del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural determinaron que la escultura estaba notablemente deteriorada por el fuego que causaron manifestantes en el pedestal, hecho que puso en riesgo su estabilidad.

Porque el monumento y su significado, fueron objeto de procesos de deconstrucción y re significación con el paso de los años. Los Héroes sufrieron una metamorfosis que lo llevó finalmente a convertirse en símbolo del descontento social y lugar de reunión de manifestantes -incluidos miembros de la primera línea y uno que otro vándalo- con ocasión de las jornadas de protesta que se empezaron a registrar en Bogotá, particularmente a partir de noviembre de 2019.

En este caso, ninguno de nosotros tomó el ejemplo del guía turístico de estirpe boyacense que se enfrentó con valentía y argumentos a los vándalos que intentaron profanar  los monumentos erigidos en el Puente de Boyacá. Loor a este adulto mayor que nos dio cátedra de verdadera ciudadanía.

Ahora bien, qué fácil sería achacarle la culpa del destino final del monumento al populacho inconforme, pero considero que la mayor responsabilidad recae en todos nosotros, «los ciudadanos de bien».  En sus épocas de gloria, el monumento era custodiado por  una guardia de honor (como los Guardias Galeses del Palacio de Buckingham), pero alguien en el Ejército decidió que esa no era una tarea propia para los soldados. Entonces, la responsabilidad recayó por un tiempo en los cadetes de los colegios militares de Bogotá, hasta que la custodia de Los Héroes fue entregada finalmente al Distrito.

En este tiempo, a ninguno de nosotros se nos ocurrió la idea de gestionar ante las autoridades competentes que se otorgara a Los Héroes el estatus de patrimonio histórico de los colombianos. Ni siquiera a los miembros de número de las academias de historia de los órdenes nacional o local. Sólo así hubiese sido imposible que prosperara un acuerdo en el Concejo de Bogotá para su demolición.

Quizá la solución hubiese sido trasladar el monumento a otro lugar, piedra por piedra, como en su momento ocurrió con la pagoda que rememora la participación de tropas colombianas en la Guerra de Corea. La idea fue puesta sobre el tapete en una lánguida, pero tardía misiva del Min Defensa a Claudia López, quien le recordó su desacertado voto de antaño.

En este desierto, un pequeño oasis calmó nuestra sed de justicia ante tamaña afrenta a nuestro honor y nuestra heredad. Me refiero al general Luis Fernando Navarro Jiménez, comandante de las Fuerzas Militares, el único funcionario de alto turmequé que alzó su voz de descontento. ¡Triste!

Porque, al final del día, la culpa de lo sucedido siempre será de otro y no mía, ni tuya, ni vuestra. ¡La culpa siempre será de la vaca!

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