Por: José Obdulio Espejo Muñoz
En el proceso electoral del pasado domingo, un hecho pasó casi que absolutamente desapercibido para el conjunto de la sociedad colombiana. Al menos 45 ciudadanos provenientes de las reservas de las Fuerzas Militares y de la Policía Nacional, incluidos dos o tres de ellos afines a estas, se postularon para el Congreso y para la Cámara de Representantes.
El resultado fue amargo, como quiera que sólo dos de estos candidatos alcanzaron los votos suficientes para obtener las curules a las que aspiraban. Se trata del exagente de la Policía José Vicente Carreño, senador electo por el Guaviare, y de José Jaime Uscátegui ‒hijo del general Uscátegui‒, elegido para la Cámara por Bogotá. Ni siquiera los mediáticos nombres del general Mendieta y del intendente Pinchado ‒exrehenes de las Farc‒ fueron suficientes para seducir al electorado, realidad que también afectó las aspiraciones del sargento Alexander Chalá.
Entre estos candidatos sumaron poco más de 288 mil votos, que muchos consideran provinieron de los veteranos y sus familias, apreciación a mi juicio errónea, toda vez que el caudal electoral de Carreño y Uscátegui (mal contados 82 mil votos entre ambos) procede de un arduo trabajo político de bases que lleva ya bastante tiempo y no de nosotros. En un intento por explicar esta debacle con visos recurrentes, señalaré a continuación algunas causas de esta:
En primer lugar, nula o escasa educación en cultura política. No se sorprendan, Ariel Ávila no es el único que no sabe cómo funciona el Congreso o el sistema electoral colombiano, por citar dos instituciones del Estado intrínsicamente relacionadas entre sí. Este conocimiento básico que debería tener todo buen ciudadano no se nos enseña en ninguna escuela de formación y capacitación de la Fuerza Pública. Error craso, máxime cuando el soldado y el policía ‒sin importar el grado presente en sus charreteras‒ interactúan a diario con personeros, concejales, alcaldes, diputados, defensores del pueblo, gobernadores, representantes, senadores, jueces, fiscales, ministros y toda suerte de funcionarios públicos.
Lectura incorrecta y visceral de las coyunturas, en especial las políticas. El sectarismo y quizá el amor desmedido por esta amada patria, puede nublar nuestra conciencia a tal punto, que muchas veces nos conduce por caminos equivocados, haciéndonos presa fácil de fenómenos políticos como el caudillismo o el mesianismo o bien a confundir la política con la politiquería. Nos preciamos de haber leído El arte de la guerra de Tzun Tzu, pero olvidamos sus enseñanzas sobre nuestro rol y posición en la sociedad y el lugar que ocupa la clase política.
Inexistente o muy escaso trabajo político de bases. Este es quizá uno de los aspectos más neurálgicos y esenciales cuando se quiere incursionar en las lides de la política. Dejando a un lado orgullos y prejuicios, primero es necesario “untarse de pueblo” por un buen tiempo, ofreciendo soluciones y alternativas a las problemáticas de equis o ye comunidades. El trabajo in situ permite crear una especie de colchón o base electoral y la posibilidad de hacerse a un nombre en el espectro político. No nos llamemos a engaños, pero aquí y en Cafarnaúm, existen las clientelas, como bien lo narra en su última columna de opinión el capitán de la reserva César Castaño, publicada en la Crónica del Quindío con el título Como en la antigua Roma. Esto me lleva necesariamente al siguiente punto.
Creer que el grado, nombre y ejecutorias de nuestra vida castrense, constituyen carta de presentación suficiente ante el electorado. Pues resulta, señores, que los militares y policías en retiro somos una especie de ilustres desconocidos y más para las masas. En la política es necesario hacerse a un nombre, de ahí que abunden los casos de exmilitares y expolicías de todos los grados que se han quemado en elecciones de los órdenes local, regional y nacional, claro está con contadas excepciones a la regla en concejos, alcaldías y asambleas.
Propuestas de carácter sectario que sólo apuntan a nuestros intereses gremiales, pero por lo general no incluyen al conjunto de la sociedad. La burbuja en la que vivimos muchos de nosotros no nos permite ver más allá de nuestras narices y reconocer que la desigualdad y el descontento social hacen posible que la mayoría, no sólo en los sectores populares, sean presa fácil de flautistas de Hamelin como Petro. Cuando leo opiniones y comentarios de WhatsApp cargados de insultos y epítetos desobligantes contra este nefasto candidato ‒pero sin un ápice de argumentos que controviertan su ideario y propuestas sin sentido‒, a mi cabeza viene la imagen de María Antonieta, atragantándose con pasteles y confites en los palacios de Versalles o de las Tullerías, mientras el pueblo de París padecía hambruna; creo que todos conocemos el epílogo de esta historia.
Usar una aritmética a la que se le mezcla una especie de progresión geométrica, donde uno más uno es tres. Ahí es donde nacen las cuentas alegres que le auguran a un candidato proveniente de nuestro gremio exorbitante caudal de votos en cualquier cargo de elección popular. Pensar que yo puedo multiplicar mi voto por dos, tres o cuatro integrantes de mi núcleo familiar, es desconocer un axioma que nos enseñaron Sócrates y Platón en la Grecia clásica, tras señalar que por Natura el hombre es un animal político, es decir yo pienso de una forma y mi esposa, mis hijos, demás familiares y allegados, de otra. Convendría que muchos leyéramos el artículo Militar no vota militar, autoría del coronel Silvio Vallejo Rosero, magistral análisis publicado en la edición 578 del periódico de Acore en abril de 2018.
En este orden de ideas, no se trata de presentar una lista única de candidatos de la reserva como leí en varios mensajes de WhatsApp, tras aglutinarnos en una única organización de veteranos, como quiera que esta idea tiene cierto tufillo romanticón (recuerden a Sócrates y Platón). De hacerse realidad esta utopía, el primer paso sería conformar un movimiento o partido político, gestionar la personería jurídica y obtener el reconocimiento de la Organización Electoral, para luego iniciar el trabajo político de bases que enuncié ligeramente párrafos atrás, en un camino largo, sinuoso y que requiere del vil parné.
Un complejo mesiánico que nos lleva a creer que nosotros los militares, activos o en retiro, somos los únicos ungidos y capaces de combatir los males endémicos de este país y salvarlo de caer en el abismo. Este carácter propio y presente en muchos de nosotros, puede llevarnos a desdibujar la realidad y a ahogarnos en nuestras propias mentiras.
Hay otros dos factores que combinados son igualmente peligrosos si se quiere estructurar una plataforma política desde las reservas. En primer lugar, sufrir un exacerbado síndrome de persecución permanente, aderezado con una pisca de teorías conspirativas. En segundo lugar, uso exagerado del servicio de mensajería grupal de WhatsApp para replicar contenidos, creyendo que se trata de una red social de amplio espectro. El universo tecno y digital nos quedó grande.
Ambos factores contribuyen a mantenernos en una especie de gueto mental y social e impiden que nuestra mente, nuestro corazón y nuestra praxis en verdad estén al servicio de la sociedad que, incluso a costa de nuestra propia existencia, juramos defender ante la enseña sagrada de la patria, en la actividad o en el retiro. ¡Se tenía que escribir y se escribió!