Cuando la industria celebra la sombra y olvida la sustancia.
Por: Julián Ramírez*
En el panteón de las artes escénicas colombianas, donde conviven lo efímero y lo eterno, se ha cometido recientemente una inequidad que trasciende el mero gusto para convertirse en un síntoma cultural. La concesión del Premio Víctor Nieto a Toda una Vida, en los India Catalina de 2025, a Margarita Rosa de Francisco, es un acto que, más que polémico, invita a una reflexión urgente sobre la memoria, el mérito y la verdadera naturaleza del legado.
No se cuestiona aquí la trayectoria de la señora Margarita Rosa. Su nombre está indudablemente inscrito en la historia reciente de la televisión, con un punto de inflexión claro en “Los pecados de Inés de Hinojosa”. Pero reducir la “toda una vida” a un arco argumental de cinco capítulos, por memorable que sea, es como confundir un relámpago con el sol. El premio más prestigioso de nuestra industria audiovisual debería distinguir no el fogonazo, sino la luz constante; no la notoriedad, sino la columna vertebral de una profesión.
La columna
Esa columna, durante más de cincuenta años ininterrumpidos, se ha llamado Amparo Grisales. Su carrera es un tratado de carácter y versatilidad escrito en el alfabeto del trabajo duro. Comenzó en la rigurosa escuela del Teatro de Manizales, forjándose no en el set de televisión, sino en las tablas, donde no hay take two y el error se paga con el silencio del público.
Desde allí, construyó un catálogo vivo de personajes que han poblado el imaginario de generaciones, sosteniendo ratings y, con ellos, la viabilidad económica de canales que, paradójicamente, en su aniversario número 50 de trayectoria profesional, no tuvieron la grandeza ni para ofrecerle una copa de champaña. Este detalle no es anécdota; es emblema. Revela una industria a menudo mezquina, que consume hasta la última gota de talento pero es tacaña en el reconocimiento.
La comparación, aunque odiosa, es pedagógica. Por un lado, una artista cuya influencia se ejerce hoy más desde el estrado político y la opinión pública, terrenos legítimos pero ajenos al núcleo de su premiación: la actuación. Este tránsito no es inocente, y nos obliga a preguntarnos si algunos galardones obedecen menos al mérito artístico incontestable y más a esa “lagartería” que Alfredo Iriarte definía con tanta precisión: el arte de la adulación y el acomodo en las esferas del poder.
Es una lógica perversa donde el favor político o la influencia mediática pueden llegar a pesar más que cinco décadas de oficio silencioso.
Causa una curiosidad profunda -y una cierta tristeza- observar cómo algunos artistas, cuando perciben que el brillo de su estrella en su propio firmamento palidece, buscan refractar su luz en el espejo de la política. Allí, cambian al público que los abandonó por el votante, y al terreno de los argumentos por el de la opinión constante. Es una búsqueda de relevancia en un escenario donde la popularidad sustituye a la profundidad.
Por el otro lado, Amparo Grisales, una fuerza de la naturaleza profesional cuyo activismo, silencioso y profundo, se ha dedicado a la causa humana y animal, sin aspavientos ni proclamas. Ella entendió, como debieran todos los artistas, que su herramienta para mejorar el mundo no es el micrófono del polemista, sino la capacidad de conmover, de reflejar la condición humana. Es la ética del “mostrar, no decir”. Como dijera el gran poeta español Antonio Machado, no es lo mismo “ser” artista que “estar” en el arte. Grisales es artista; su vida es inseparable de su oficio.
Subsidio a la decadencia
Este contraste ilumina una paradoja nacional: mientras se pide, a veces con justa razón, apoyo estatal para la cultura, hay que preguntarse con franqueza por qué ese apoyo se vuelve, para algunos, un subsidio a la decadencia.
¿Por qué en Colombia es tan marcada la narrativa del artista que necesita la ayuda del Estado para sobrevivir? La verdad incómoda es que el gran arte, aquel que se comunica universalmente, encuentra su sustento en el reconocimiento del público, no en la partida presupuestal.
Artistas como Alejandro Obregón, Fernando Botero, David Manzur o, más recientemente, Pedro Ruiz, no construyeron su legado pidiendo subsidios, sino creando obras tan sublimes y potentes que el mundo les abrió las puertas y los mercados.
Su éxito trasciende fronteras porque su lenguaje es el de la excelencia, no el del reclamo. En otros países, los artistas consagrados son aquellos cuyo trabajo genera su propio ecosistema de valor, atrayendo coleccionistas, amantes de su música, de la actuación, a galerías y un público global. Cuando el arte es vital y necesario, encuentra su camino.
La indecencia mayor, sin embargo, no radica solo en la elección del premiado, sino en la humillación añadida de pretender que fuera la propia Amparo Grisales quien entregara el galardón a Margarita Rosa. Es un acto de profunda torpeza institucional, que viola la elegancia básica del reconocimiento.
Un premio de esta naturaleza debe ser entregado por un par que ya lo posea, por alguien cuyo estatus sea incuestionable, estableciendo así un linaje de excelencia. Lo ocurrido fue, en cambio, una puesta en escena de una jerarquía falsa, posiblemente el último guion de esa misma “lagartería” que premia la conexión antes que la consagración.
Este episodio es un espejo de una amnesia nacional más amplia. Ni este ni ningún gobierno anterior ha sabido honrar como se debe a los artistas que, como Grisales, han tejido el alma emocional de esta nación. ¿Dónde está el reconocimiento de Estado a una carrera semejante?
La historia está plagada de ejemplos: desde el olvido en que murió la gran diva del cine mudo colombiano, Emma García, hasta la lucha constante de titanes como Enrique Buenaventura por un apoyo sostenido. Se erigen estatuas a políticos de fugaz paso y se deja en la penumbra a quienes construyeron los paisajes interiores de Colombia.
Al final, este premio ha logrado algo inesperado: iluminar con más fuerza que nunca la figura que pretendía, quizás sin querer, opacar. Al otorgárselo a Margarita Rosa, la industria ha hecho que el público mire, por contraste, hacia la imponente y digna trayectoria de Amparo Grisales.
Un premio puede adornar una biografía, pero es el legado el que talla la historia. Y en el mármol de la historia audiovisual colombiana, el nombre de Amparo Grisales ya está esculpido con letras mayúsculas, indiferente a la frivolidad de los festejos pasajeros y a las transacciones grises de la “lagartería”.
La verdadera “toda una vida” no necesita un trofeo para validarse. Respira en cada imagen que perdura, en cada personaje que se recuerda, en el respeto silencioso de sus pares y en el amor de un público que nunca la confundió con nadie más. Ese es su premio, y nadie puede entregárselo ni quitárselo. Menos aún aquellos cuyo mérito parece negociarse en oficinas, y no forjarse, con sudor y talento puro, en el set, en las tablas, en los escenarios o en el lienzo en blanco.
*Politólogo, Internacionalista y Geo-Estratega.






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