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Por Javier Mozzo Peña

Han pasado ya tres años de la barbárica invasión de Rusia a Ucrania y con el paso del tiempo pareciera que la gente olvida que el acto fue cometido en el propio territorio de Europa.

También, que no se haya dimensionado la magnitud de un acontecimiento que está cambiando todo el orden mundial moderno, diseñado hace 80 años.

Científicos sociales son celosos en catalogar hechos como “acontecimientos” y para hacerlo se requiere que sean capaces de “producir historia”, como lo dijo el profesor de la Universidad de Los Andes, Hugo Fazio en el 2022. La guerra en Ucrania reúne esa cualidad.

Un conflicto que está revolcando no solo recuerdos de las guerras napoleónicas y de dos conflagraciones mundiales en el siglo XX, sino al mundo como actualmente lo conocemos.

La guerra en Ucrania tiene anclajes históricos muy densos, amarrados desde la temprana Edad Media, que solo hasta entrada la presente década de globalización industrial y tecnológica, nos permite sentirla como una experiencia cercana.

Con los ríos de tinta que se han usado para documentarlo, las horas de televisión y los miles de debates en redes sociales que se han gastado desde febrero del 2022, en el fondo de lo que se trata es de la presencia de una nueva conflagración militar mundial.

De qué tan talentosos sean los líderes involucrados en hacer efectivas políticas para que no presenciemos consecuencias peores, dependerá qué tan alcanzables sean las soluciones para enfrentar la amenaza que lanzó Rusia y que no ha terminado.

Su estrategia ha estado más que planteada por su líder autócrata, Vladimir Putin: recobrar un territorio vital que la mantenga alejada de la que considera “amenaza de Occidente”. Esa búsqueda de territorio vital empezó en Ucrania y no parará.

El historiador Niall Ferguson no se va con rodeos en advertir que la guerra en Ucrania confirma que ya estamos en un tercer conflicto global. El profesor escocés traza paralelismos inquietantes e incluso sorprendentes de las tensiones que se viven y que rememoran la más sangrienta de todas: la Segunda Guerra Mundial.

No es la crisis de los misiles de Cuba de lo que tenemos que preocuparnos sino del estallido de una guerra mundial, pero en cierto sentido ya ha comenzado”, dijo Ferguson en una conferencia que dictó en enero pasado en el Worlwide Speakers Group.  

Allí, en medio de académicos y estudiantes, Ferguson emitió una férrea contestación a los libros de historia en los que ha quedado reiteradamente fijada la fecha del primero de septiembre de 1939, cuando Alemania nazi invadió a Polonia con la misma estrategia que lo hizo Rusia.

“¿Cuándo comenzó exactamente la Segunda Guerra Mundial? La respuesta no es septiembre de 1939. La guerra ya había comenzado en todos los sentidos, para todos los efectos, en China, con las incursiones de Japón en Manchuria y, más allá; ya había comenzado en España (1936); y ya había comenzado si hubieras estado en Checoslovaquia. La Tercera Guerra Mundial ya está, en cierta medida, en marcha”, explicó.

Ante ese panorama, Ferguson y otros intelectuales consideran imperativo que no solo Europa sepa crear un escudo de disuasión para que Rusia no avance en sus propósitos. Estados Unidos también debe fortalecer el suyo, pese a que, en apariencia, quiera detener la guerra en Ucrania en el corto plazo, sentado frente a frente con el que hasta el año pasado era un contrincante declarado.

Europa y Estados Unidos se necesitan uno al otro si en algún momento se quiere dar una garantía de seguridad concreta ante la amenaza rusa de ampliar su frente occidental, la cual pasa indudablemente por instalar hombres y equipo militar en los límites con Rusia.

Emma Ashford escribió para Foreing Affairs que de lo que se habla es de una frontera de 3.200 kilómetros que demandará entre 40.000 y 200.000 soldados para imponer la paz y disuadir a Rusia. Esta última cifra está prácticamente descartada por el número de fuerzas existentes, la preparación que requieren y el dinero que se necesita.

Sí: Europa no hizo la tarea en los últimos años para prepararse ante ese escenario.

Aclarada ya su postura frente a Ucrania, Donald Trump ha emprendido planes a puerta cerrada con sus contrapartes rusas para intentar alcanzar su ya incumplida promesa de terminar el conflicto “en 24 horas”.

También, congeló asistencia militar adicional a Ucrania e incluso garantías de seguridad que demanda urgentemente el presidente, Volodmyr Zelensky. El balón, entonces, está en el terreno de Europa.

Ahora la pregunta es ¿qué viene?

Que Ucrania verá desaparecer entre un 15 y un 20 por ciento de su territorio, que se suma al que ya perdió con la anexión de la península de Crimea por parte de Rusia en el 2014; que quedará con una economía devastada, millones de refugiados por el mundo y que hay pocas esperanzas de que Putin no vaya por el restante territorio.

Lidiar con osos, leones, y tigres, así se piense que han sido bien amaestrados, siempre será peligroso. Si no existe una salida de seguridad cercana y una jaula bien segura, Europa verá empeorar el conflicto que tiene en su patio antes de que se termine esta década.@javimozzo

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