Por Javier Mozzo Peña
Las intensas negociaciones para intentar alcanzar algo de paz entre Ucrania y Rusia en Estambul (Turquía) terminaron en menos de dos horas este viernes sin progreso. Muy al contrario, cerraron nuevamente con ambas partes lanzando agrias acusaciones, en medio de una falta total de disposición para llegar a acuerdos.
Aunque frustrante, muy pocos apostaban a que de las tratativas surgiera algo bueno. Observadores de la situación apuntaron que en algo se habría progresado si se hubiera registrado el encuentro entre el presidente Donald Trump y su homólogo Vladimir Putin en la ciudad turca. Al fin y al cabo, el estadounidense fue el más entusiasta en vender la expectativa de una aproximación.
Pero el avión presidencial nunca estuvo listo para llevar a Trump a Turquía. Hubiera dejado una gira por las monarquías del Golfo Pérsico -aliados incondicionales- donde fue profusamente agasajado y en la que comprometió billones de dólares en inversiones para su país.
Putin y Trump estaban muy lejos del salón bellamente decorado que sirvió de sede a las delegaciones ucraniana y rusa en el Palacio de Estambul.
Del encuentro -que más pareció desencuentro- de las delegaciones de mediano nivel, quedaron algunos registros fotográficos, con representantes mirando a todos lados o distraídos en sus teléfonos celulares, pero no a los ojos de sus contrapartes al otro lado de la mesa.
Allí también estaban el canciller de Turquía, Hakan Fidan. Posteriormente se unió el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio.
Pero nada de lo que se esperaba pasó. Las partes se levantaron de la mesa y aprovecharon para lanzarse dardos ante los periodistas. Uno de esos dardos de los delegados rusos llamó la atención de observadores.
Al reiterar las demandas de Moscú en torno a que Ucrania reconociera las 4 regiones ocupadas, uno de los enviados rusos se apresuró a advertir que “la próxima vez que nos sentemos a negociar no serán 4, sino 5 regiones”, una clara provocación y una amenaza de que los ataques continuarán.
El presidente ucraniano, Volodimir Selinski, se encontraba preparando sus encuentros con los aliados europeos en Albania, en desarrollo de una reunión económica y comercial de la Unión Europea. Allí recibió, nuevamente, el sólido respaldo de las potencias europeas Alemania, Francia e Inglaterra.
Casi al mismo tiempo cuando Reuters anunciaba el fin de los encuentros en Estambul, se conocía el anuncio de que pronto comenzarán ejercicios militares entre Bielorrusia y Rusia. La advertencia cortó de golpe la aparente calma de las últimas semanas en el Viejo Continente, que amenaza con convertirse, nuevamente, en tormenta (así es, la llamada “calma chicha”).
Se trata de los ejercicios “Zapad”, los cuales se esperaban para septiembre del año pasado, pero que, por distintas circunstancias, no se habían podido organizar.
Los ejercicios, una especie de juegos de guerra que sirven para entrenar tropas, ajustar equipos militares y determinar contablemente bajas en ambos bandos, involucrarán a más de 13.000 tropas, según había afirmado un funcionario bielorruso el año pasado.
Los movimientos recuerdan aquellos ensayos que justo precedieron a la invasión de Ucrania en el 2022. Lo que más se evoca hoy es que hace más de tres años autoridades rusas y bielorrusas insistían en negar que estuvieran planificando alguna invasión. Como lo hacen hoy.
El anuncio de los ejercicios corrió por cuenta del mandatario bielorruso, Alexander Lukashenko, aliado de Putin y que facilitó su territorio no solo para el paso del ejército de Putin en 2022, sino miles de pertrechos y vehículos militares para la invasión desde la frontera con Ucrania.
La apuesta de los dos autócratas fue más allá, con la firma de un acuerdo para la instalación de armas tácticas nucleares rusas en territorio bielorruso.
En un aparte de una entrevista que reprodujo el ministerio de relaciones exteriores bielorruso en su sitio en Twitter en inglés, Lukashenko se apresuró a advertir que los ejercicios militares con Rusia son eminentemente defensivos.
“Estamos listos para los ejercicios Zapad-2025. No ocultamos nada a nadie. Somos transparentes. Estos ejercicios son de naturaleza defensiva. No vamos a atacar a nadie, como algunos creen”, se lee en un trino de la cancillería bielorrusa.
Se comprende perfectamente cómo cinco países europeos han planeado salir del Tratado de Ottawa, que desde 1997 prohíbe a sus signatarios producir, desarrollar, comercializar e instalar minas antipersonal.
Estonia, Lituania, Letonia, Polonia y Finlandia no quieren andarse con cuentos de Moscú o Minsk. Antes que todo, prefieren proteger sus fronteras y no confiarse, como lo hizo Ucrania, que entregó en la década de 1990 nada más ni nada menos que el arsenal soviético a Rusia, a cambio de que no fuera invadida.
Con lo que pasó esta semana en Europa se demuestra que no es opción sentarse y esperar una solución civilizada a la cruenta guerra en Ucrania. Es necesario estar muy preparados para cuando el oso ruso vuelva a dar un zarpazo que lleve a peores daños.