Por Javier Mozzo Peña
Pocos asuntos geopolíticos son más interesantes que el de Groenlandia. Ubicada en el Círculo Polar Ártico, en los mapas de geografía en el bachillerato se veía como un gran tapón en medio de Europa y Norteamérica.
Groenlandia es hogar de casi 60.000 personas, en su mayoría indígenas inuit, que, a su vez, son ciudadanos de la Unión Europea y daneses.
Celebradas las elecciones parlamentarias en la que el independentismo moderado triunfó sobre el movimiento que abandera una separación rápida de Dinamarca, se profundizan los interrogantes en torno a qué va a hacer la nueva dirigencia política para encaminar el futuro de la isla.
Groenlandia llama mucho la atención, sobre todo en cuestiones relacionadas con el poder político y militar de las potencias mundiales, muchas de ellas nucleares. En su primer mandato, Donald Trump se encargó de ponerla en primer orden de discusiones.
La isla combina comercio, rutas marítimas, riquezas minerales y seguridad aero espacial.
Sin dejar de poner el ojo en los asuntos bien calientes de Ucrania e Israel, las gélidas temperaturas de Groenlandia no llegan a aplacar los muy atrayentes asuntos que hierven bajo sus gruesas capas de nieve.
Esa gran masa de hielo tiene una posición geográfica envidiable. Por su costa occidental fronteriza con Canadá, existe un paso marítimo que concentra la atención del comercio mundial, pues significa ahorro en tiempo y dinero para llegar a los mercados de Asia. En su costa oriental la acompaña su vecina Islandia.
También cuenta con una riqueza de materias primas cruciales para la transición energética. El Servicio Geológico de Estados Unidos estimó que las reservas de petróleo y gas sin explotar de Groenlandia ascienden a unos 30.000 millones de barriles de petróleo equivalente, aunque la isla prohibió su explotación en 2021 por motivos medioambientales.
Es como un gran faro que orienta y, sobre todo, vigila casi todo lo que se mueve por esa zona. Y lo que se mueve por este tiempo no solo son solo osos polares, pingüinos y barcos rompehielos.
Con el cambio climático, se ven muchos más barcos mercantes navegando por las relativamente más cálidas aguas del Ártico. Pero también más grupos de ataque naval de potencias militares y submarinos nucleares capaces de lanzar misiles balísticos en cualquier momento.
La zona se ha vuelto un hervidero militar y próximamente comercial.
“Groenlandia cobra cada vez mayor importancia a medida que nos encontramos en una competencia global con China y en una nueva revolución tecnológica en materia de guerra”, declaró Rebecca Pincus, directora del Instituto Polar del Centro Wilson, a Radio Free Europe/Radio Liberty, citada en una publicación del Conuncil on Foreign Relations (CFR).
“Por lo tanto, Groenlandia es importante desde la perspectiva de la defensa antimisiles, desde la perspectiva espacial y desde la perspectiva de la competencia global”, enfatizó la experta.
Dinamarca maneja los asuntos exteriores, la política monetaria y la seguridad de Groenlandia y entrega un subsidio que, según Diana Roy y Jonathan Masters, del CFR, alcanza los 500 millones de euros al año. A cambio, no recibe mucho.
Una parte de sus habitantes ha querido independizarse y muchos de ellos no están a gusto con la gestión hecha por el país europeo.
Por eso, Trump ha aprovechado para insistir en su anexión. No haber descartado una opción militar para tomarse ese territorio, ha desencadenado una serie de movimientos políticos, empezando, claro está, por un mayor acercamiento de las autoridades danesas con su territorio ultramarino.
Ser independiente daría a los groenlandeses, ni más ni menos, que un poder de negociación sólido no solo frente a Estados Unidos, sino a los otros países con líneas de costa sobre el Ártico, como Rusia.
Es decir, estarían con las manos desatadas para escoger la mejor opción que les pongan sobre la mesa, aunque los groenlandeses manifiestan no estar en venta.
A Trump no le satisface que la isla ya tenga una presencia militar estadounidense y quiere más.
Desde mediados del siglo XX, la superpotencia mundial controla una base militar, hoy llamada Pituffik (el lugar donde se atan los perros), en el noroeste de Groenlandia.
Se trata de una instalación de la Fuerza Espacial estadounidense, que bajo un acuerdo militar de 1951 le da derecho a operarla en desarrollo del acuerdo de la OTAN.
La base alberga al 821° grupo de bases espaciales, al duodécimo escuadrón de alerta espacial, que maneja un sistema de alerta temprana de misiles balísticos lanzados contra Norteamérica, y al primer destacamento del vigésimo tercer escuadrón de operaciones especiales, que es parte de la red global de control satelital estadounidense.
Con una presencia así ¿qué más quiere Trump?
Pues el resto de la isla y la riqueza de su subsuelo. No controlar la producción y refinación de minerales para la transición energética, de los que supuestamente Groenlandia es un gran yacimiento, tiene a Trump negociando lo que sea y donde sea para alcanzar a China.
Es claro para académicos y estudiosos de las relaciones internacionales que Groenlandia cortará su cordón umbilical de Dinamarca. De lo que suceda después dependerá qué tanto avanzará Estados Unidos en su ambición por poseerla.
@javimozzo