Los recientes acontecimientos en torno a la reunión entre los presidentes Donald Trump y Volodymyr Zelenskyy en Washington, exigen una reflexión profunda por parte de todas las naciones sobre el nuevo orden mundial, la crisis del derecho internacional y por supuesto, la poca efectividad del sistema de las Naciones Unidas, que hoy se presenta como un mero espectador ante los sucesos globales.
Por esta razón el escenario plantea interrogantes sobre la justificación de una burocracia que, en gran medida, muestra signos de declive, decadencia y un retroceso claro respecto a lo que alguna vez significó en la historia.
El término «nuevo orden mundial» denota un período histórico caracterizado por cambios dramáticos en las ideologías políticas y el equilibrio del poder global.
Este concepto ha sido utilizado tradicionalmente para estudiar la influencia de la geografía humana y física sobre la política y las relaciones internacionales, lo que comúnmente conocemos como geopolítica.
Sin embargo, actualmente se ha reinterpretado para abordar un nuevo período caracterizado por cambios significativos en las ideologías políticas, es decir, aquellas ideas o postulados fundamentales que definen cómo deberían funcionar las instituciones de un Estado y la sociedad en general.
En este contexto, el concepto de equilibrio de poderes se hace imperativo. Cada estado busca mantener un «statu quo» en sus relaciones con otros, con la intención de prevenir el ejercicio exclusivo del poder, que se define como la capacidad de un individuo o una organización para influir en el comportamiento de los demás.
Este ejercicio de poder es legítimo, siempre que tenga un origen institucional o legal. La ruptura de dicho equilibrio favorece a un estado sobre los demás, conduciendo a una situación de predominio o hegemonía, sustentada en su potencial económico, militar o político.
Esto se ha observado en el conflicto entre Ucrania y Rusia, donde tanto Estados Unidos como Rusia han mostrado su intención de ejercer una hegemonía que podría justificar teorías de conspiración relacionadas con el Nuevo Orden Mundial, un plan que algunos creen busca instaurar un gobierno burocrático y controlado por elites de dos grandes potencias, con la posibilidad de una expansión global.
Lo crítico en este momento no es únicamente un tema de análisis político; es momento de reconocer la severa crisis del derecho internacional, creado para promover el desarrollo económico y social mientras se garantizan la paz y la seguridad global.
Estos ideales están consagrados en convenciones, tratados y normas que hoy son violados sistemáticamente, bajo la mirada complaciente de las grandes potencias.
Esta situación genera una incertidumbre que cuestiona el sistema de normas e instituciones que lo rigen, como evidencian las ineficaces respuestas de la ONU o la OTAN ante crisis en Ucrania, Gaza, Venezuela o Siria.
Todo lo anterior se debe, en gran medida, a las acciones unilaterales de ciertos estados que ignoran o bloquean la voluntad de la comunidad internacional.
La utilización de tecnologías para reforzar políticas discriminatorias, la prohibición de protestas pacíficas y la incitación al odio han aumentado las desigualdades y las violaciones de los derechos humanos, dejando al mundo en un estado de vulnerabilidad y desconfianza.
A manera de conclusión podríamos decir que, en un mundo interconectado, la crisis del derecho internacional y la lucha por un nuevo orden mundial no son solo asuntos de Estado, sino que representan una cuestión fundamental para la humanidad misma.
La ineficacia de los sistemas tradicionales que deberían salvaguardar la paz y la justicia ha puesto en evidencia la necesidad de imaginar nuevamente nuestras estructuras de poder y cooperación, promoviendo un entendimiento más equitativo y justo entre naciones.
Reflexionar sobre estos desafíos no solo es crucial para el bienestar de los pueblos, sino que también podría ser el primer paso hacia un futuro donde el equilibrio de poderes trueque la dominación por la colaboración.
Particularmente en Colombia, este análisis es especialmente relevante. La grave polarización política que aqueja al país refleja una crisis de diálogo y colaboración que debe ser abordada con urgencia.
La construcción de un orden político que promueva la inclusión y el respeto entre diferentes perspectivas es fundamental para avanzar hacia un futuro más pacífico y sostenido en el respeto a los derechos humanos.
Solo así podremos aspirar a un orden mundial y como país que respete la dignidad humana y fomente el desarrollo sostenible, contribuyendo a la sanación de las heridas sociales que tanto nos afectan.
FERNANDO SALGADO QUINTERO MD MSc
Especialista en Medicina Tropical
Especialista en Alta Dirección del Estado